martes, 23 de febrero de 2016

LA PLAZA MAYOR DE CIUDAD BOLÍVAR


         Plaza Mayor, Plaza Principal o de la Iglesia, Plaza de Angostura y finalmente Plaza Bolívar. Durante un tiempo fue llamada también Plaza del Martirio en alusión al fusilamiento del republicano General en Jefe Manuel Piar y otros revolucionarios.

         En mayo de 1764 cuando Joaquín Moreno de Mendoza cumplió el mandato del  Rey Carlos III de mudar la capital de la provincia de Guayana a la parte más angosta del  Orinoco, fue conforme al Título Real del 4 de junio de 1762 ampliado con las instrucciones del día siguiente, suscritos ambos en Aranjuez. No hubo un plano previo de fundación. El plano- proyecto de lo que debía ser la ciudad lo realizó en el propio sitio y por orden expresa del Gobernador Moreno de Mendoza, el cosmógrafo José Monroy que se hallaba en Guayana desde la Expedición de Límites.
         El plano de Monroy es el primero de la ciudad, pero en la práctica sufrió modificaciones  importantes como el de la ubicación del Fuerte San  Gabriel, Plaza Mayor y la Iglesia.
         La Iglesia había sido ubicada en el plano al Norte de la Plaza Mayor y sobre área completamente independiente aunque colindantes. Posteriormente el espacio de la Iglesia fue ocupado para inmuebles, entre ellos, el Palacio diocesano y pasó la Iglesia transformada luego en Catedral a compartir por la parte Este el espacio de la Plaza Mayor.
         El acta levantada por Soublette y José Ignacio Pulido sobre la ejecución de la sentencia de Piar, 16 de octubre de 1817, la identifíca como “Plaza Angostura”. Así se llamaba entonces y la descripción que hace el legionario inglés John Roberto, alistado como médico cirujano en el ejército Libertador, dice. “El piso de las calles está empedrado con pedazos de roca y piedra caliza, y caminar por él es molestoso y hasta doloroso. En la parte occidental, frente a la Casa del Congreso o Palacio, como también se le llama, la calle está cubierta de ladrillos rojos y se ha convertido en un atractivo paseo. El edificio mencionado del Congreso es de blancura perfecta, con excepción del techo, Con su arte central alto entre las dos alas, con sus ventanas cubiertas de celosías pintadas de verde, y su guardia permanente de soldados, se destaca por su limpieza y distinción. Una iglesia al Este (la Catedral), una capilla al Norte (Casa del Obispo), y una hilera de casas hacia el Sur, configuran una plaza de tamaño considerable en la cual este edificio (el del Congreso de Angostura) ocupa toda la parte occidental; desafortunadamente el centro (de la plaza) está lleno de escombros y piedras, que deslucen el conjunto descrito. La Iglesia es de pobre apariencia y parece más bien una prisión que un sitio de recogimiento religioso. Aquí se presta muy poca atención a los domingos. Existen dos o tres buenas tiendas en la ciudad, donde se venden alimentos secos, té, café, etc. Las casas de los pobres forman los suburbios. Las barracas están situadas en la extremidad oriental, constituyendo una larga extensión de tolerable apariencia. El hospital está en las afueras de la ciudad, a  tres cuartos de millas, en un sitio grande coronado de torrecillas (convento de San Francisco)”.
         Otra descripción de Angostura para 1818 la hace Eric Lambert en su libro “Voluntarios Británicos e Irlandeses en la Gesta Bolivariana” apegado a los relatos de los legionarios ingleses William Jakson Adam en “Journal of a Voyage to Margarita”. Gustavo Hippisley en “Narrative of an Expedition to the River Orinoco”, J. H. Robinson en “Journal of an Expedition 1.400 miles up the Orinoco” y Richard Longueville Vowell en “Campaigns and Cruises”.
         He aquí la descripción en la página 124: “El 13 de septiembre Bolívar entró en Angostura y declaró la ciudad capital civil y militar. Como capital de la nueva república no era gran cosa, pero habría de adquirir gran importancia en estos inicios de la lucha.
         “Tenía entonces una población de 5.000 almas, que había sido mayor antes del sitio. De forma triangular, Angostura se levantaba en la vertiente de una colina coronada por un fuerte (Almacén de Pólvora). La base del triángulo, que era la calle mayor, seguía la margen del río por encima de la marca de aguas altas. Cerca del vértice se hallaba la plaza, de una hectárea aproximadamente, de la cual partían siete calles colina abajo, cruzada por siete avenidas paralelas, que terminaban cerca de la ribera.
         “En la cumbre del cerro había un pequeño fuerte (Almacén de Pólvora), debajo del cual se veía un pintoresco convento (Convento de San Francisco en la Plaza Centurión) que se había convertido en hospital. La plaza empedrada estaba flaqueda en su lado más alto por la Casa de la Guardia, prisiones y cuarteles militares, mientras que la Casa de Gobierno dominaba el lado más bajo. Entre las otras edificaciones estaba el Palacio Episcopal, una capilla y la vicaría, la Magistratura, algunas oficinas y tres casas particulares.
          “Más allá del río estaban la Aduana y la Alameda, paseo que tomaba su nombre de algunos hermosos álamos viejos, y unas cuantas mansiones propiedad de acaudalados funcionarios y comerciantes, que pronto fueron ocupados por el Almirante y el Jefe de Estado Mayor. El Gobernador patriota se instaló en el Palacio Episcopal y Bolívar se mudó a la Casa de Gobierno.
         “Bordeando la calle mayor había algunas casas de piedra, unas tiendas y una taberna con billar y mesas de juego, donde la cerveza oscura tenía fama de excelente, pero donde el melindroso de Hippisley encontró el madera “pasadero”. En el extremo oeste de la ciudad estaban las casas de los pobres, hechas casi todas de bahareque”.
         En 1820, Juan Bautista Dalla Costa (padre) desde la Municipalidad y con las facultades amplias que tenía entonces el Procurador emprendió importantes obras de urbanismo que comenzaron  a darle fisonomía de gran ciudad a la capital de la provincia.
         Dalla Costa atendió preferentemente el empedrado de las calles, el aseo y ornato de la población, la arquitectura civil, el censo de la ciudad, la fundación de escuelas, el alumbrado público, las franquicias al comercio, la creación del mercado público, la limpieza y apertura de caminos, el problema de embarque de reses hembras para el extranjero y el de la navegación por el Orinoco. Sin embargo, muy poco o nada se hizo por la Plaza, tal vez porque el sitio socialmente neurálgico era la Alameda y la Plaza del Mercado.
         Para 1832, tiempos del Gobernador Pedro Volasteros, la Plaza principal de Angostura aún se veía llena de piedra y monte llegando y amaneciendo allí el ganado de los alrededores, según se desprende de una carta de Monseñor Mariano Talavera y Garcés, quien se había propuesto de una vez por todas concluir los trabajos de construcción de la Catedral.
         La dicha carta decía: “Esta capital sólo tiene un templo principiado de magnífica arquitectura y regular capacidad, faltándole únicamente el techo y alguna pequeña obra en su sacristía. Más de 40 años han transcurrido después de su fundación bajo el gobierno de Centurión, y ni los impulsos religiosos, ni los de un pueblo civilizado, han prestado hasta ahora movimiento al ánimo para perfeccionarle en obsequio del Altísimo. Bajo un caney de azotea se adora al Creador, y las oraciones dulces y fervorosas escasean, y se oprimen por su calurosa y estrecha capacidad. Una plaza mal situada existe al lado de estas fábricas, en su primitivo estado, llena de peñascos, basura y montes, pastando allí las bestias”. .
         Para 1867 cuando el explorador, Francisco Michelena y Rojas, se detuvo en ella le llamó la atención que de esa colina las calles descendieran al río de Sur a Norte y que en su vértice se  encontrara la Plaza. “La Plaza principal rodeada de regulares edificios, entre ellos la Iglesia catedral, aseada y de buen gusto, y el colegio nacional, que además de llenar satisfactoriamente las necesidades de la escasa población, tiene el mérito de haber servido para la instalación del segundo congreso de Venezuela, en circunstancias que casi todo el país se hallaba ocupado por los Españoles, el que tuvo lugar el 15 de febrero de 1819, 9 años después de hecha la declaración de la independencia. Allí fue también donde los representantes de Venezuela y N. Granada, crearon y oficialmente anunciaron al mundo la existencia política de Colombia”.
         “Plaza Bolívar” se denomina desde el 16 de junio de 1864 por decisión de la Asamblea Constituyente del  Estado Soberano de Guayana que decretó levantar en su centro una estatua ecuestre de bronce del Libertador Simón Bolívar, pero en vez de ecuestre se hizo pedestre y fue inaugurada en 1869.
         Al efecto, el Presidente del  Estado  Soberano de Guayana, Juan Bautista Dalla Costa  Soublette, nombró una comisión el 28 de octubre de 1867 integrada por el General en jefe Simón Briceño, doctor J.G.B. Siegert, José Lezama, Tomás Machado, Hilarión Gambús y Andrés Jesús Montes, con la idea de levantar una estatua al  Libertador en dicha plaza para lo cual debían arbitrar los medios necesarios. “Esta Comisión- decía el decreto- obrará sin ninguna limitación al intento de cuantos esfuerzos crea conducentes al cumplimiento de ese propósito, sin que ninguna autoridad o corporación tenga ingerencia en sus deliberaciones o acuerdos”.
         Dicha Comisión se instaló el 31 de octubre de ese año y designó presidente al general Simón Briceño; Tesorero, José Lezama y Secretario, Hilarión Gambús.
         Andrés de Jesús Montes, miembro de la Comisión era el Cónsul de Chile en  Ciudad  Bolívar y a través de él se solicitó la información sobre una presunta estatua del Libertador en ese país  del cono sur a objeto de utilizar el mismo molde que al parecer se hallaba en la Capital del  Reino de Baviera. Esta información la había obtenido directamente el propio Dalla Costa del Jefe de la Real Fundición y quien le comunicó además que para fundir una nueva estatua por ese modelo se requería previamente una orden formal y escrita del Gobierno Supremo de la República de Chile.
         El 25 de noviembre, la Comisión autorizó al Presidente del Estado para solicitar datos sobre el costo relativo a un pedestal de mármol o de granito en el exterior. Se consultó a varios países, entre ellos, Italia, Nueva York y finalmente Francia. El Pedestal  terminó contratándose en Paris y fue ejecutado por Eugene Thirión.
         El 26 de febrero de 1868, el Ministro de Relaciones Exteriores de Chile respondió en nota oficial fechada en Santiago  el 2 de enero en la que aclara que “no tenemos en Munich ningún modelo de la Estatua de Bolívar. Acaso sea del  Perú, a cuyo Gobierno podrá dirigirse el Presidente de ese Estado para obtener autorización de fundir un nuevo ejemplar de la misma estatua”.
         Por decreto del 12 de febrero de 1825, efectivamente, el Congreso peruano acordó levantar una Estatua a Bolívar, pero ella era ecuestre. Realizada en bronce por el escultor Toledini, había sido inaugurada en Lima el 9 de diciembre de 1859. El  único país que había erigido una estatua pedestre al Libertador era la  República de Colombia. La estatua de bronce y pedestal de mármol con bajos relieves en la Plaza Bolívar de Bogotá, obra del escultor Pedro Tenerani, fue donada por José Ignacio Paris.
         También existía desde el 28 de octubre de 1851 un busto de mármol del mismo escultor italiano Tenerani en la Capilla de la Santísima Trinidad de la Catedral de Caracas, trasladado en 1876 al Panteón Nacional y el cual había acordado el  Congreso de Venezuela el 30 de abril de 1842.
         Asimismo existía desde 1867 una estatua pedestre de mármol en la Plaza principal de Maracaibo, decretada por el Presidente del Estado Zulia, general Jorge Sutherland. Esta estatua se desmontó en 1872 por presentar ciertos defectos irreparables.
         De manera, que  la Comisión terminó decidiéndose por la estatua de Bolívar en Bogotá. Se hicieron los trámites necesarios y se utilizó el mismo molde donde fue fundida la obra de Pedro Tenerani. El 28 de octubre de 1869, día se San  Simón y en ceremonia espléndida, se inauguró la estatua del Libertador sobre el pedestal de mármol realizado en París por Eugene Thirion. La estatua que representa al Libertador en su dual condición de estadista y guerrero, con una espada en la mano derecha y la Constitución en la otra, fue develada por el Presidente Juan Bautista Dalla Costa hijo y el discurso de orden estuvo a cargo del gramático Ramón Isidro Montes. También hablaron en el memorable acto los doctores Francisco Padrón y Simón Barceló; el Pbro. Carlos Machado, el general José Gabriel Ochoa y don Serapio Machado.   El plano de  la Plaza fue levantado por el educador guayanés Regulo Machado, hermano de Tomás Machado, quien junto con el General José Simón Briceño, doctor J.G.B. Siegert, José Lezama, Hilarión  Gambús y Andrés Jesús Montes, formó parte de la Junta designada por el Gobernador Juan Bautista Dalla Costa hijo para llevar a feliz término la obra, a través de una gran colecta pública que se tradujo en 11.495,43 pesos captados en el  Departamento Heres; Departamento Yuruary, 545,03; Upata, 434,25; Alto Orinoco, 71,50 para un gran total de 12.246,21 pesos.
         Detrás de la estatua del Libertador y al frente de un templete donde se situaba dominicalmente la Banda del  Estado para dar conciertos, se colocó posteriormente una escultura simbólica de la República de Venezuela; al noreste, otra representativa de Bolivia; al Noroeste, la de Nueva Granada;. Sureste, Perú y Suroeste, Ecuador. Estas esculturas alegóricas construidas en piedra de arco, fueron costeadas  por el general Raimundo Fonseca y Juan María Maninat.        En el Coloquio con miras al Bicentenario del Natalicio del Libertador, realizado el 28 de mayo de 1978, por iniciativa del Comité de Defensa de la ciudad, bajo los auspicios de la Asamblea Legislativa y en el cual participaron expertos representantes de países caribeños, se examinaron  experiencias de restauración en Santo Domingo, Puerto Rico y Sur de los Estados Unidos y se determinó que el Casco Urbano de Ciudad Bolívar en virtud de su valor histórico debía ser rescatado del estado de deterioro progresivo en que se hallaba, siendo esto el mejor homenaje que se le podía hacer al Libertador. A tal efecto, el Coloquio concluyó con seis Acuerdos: 1. Trabajar en el rescate de los valores culturales del casco urbano con miras al Bicentenario del Natalicio del Libertador; 2. Participación de la ciudadanía; 3. Recomendaciones con respecto al mejoramiento físico y ambiental, directrices, visuales, lineamientos, volumetría, iluminación, señalización, arborización, textura, tráfico, relaciones entre la vieja y la nueva ciudad, bienes culturales; 4. Determinada la similitud arquitectónica del casco de la ciudad con la del Caribe, se recomendó investigar la influencia de qué países europeos; 5. Plan de rescate; 6. Recomendar la erección de una estatua en la Plaza Bolívar en representación de Panamá.
         “La Plaza del Martirio” solían llamarla los angostureños tradicionales no sólo porque allí el  General Manuel  Piar fue pasado por las armas en la tarde del 16 de octubre de 1817, sino también por el fusilamiento en la misma de los militares Anizeto Maldonado y Félix Figuera, el 9 de agosto de 1824, por disposición del gobernador de la provincia de Guayana, coronel José Manuel Olivares (1823-1828), contra el cual urdieron una conspiración. Allí también fueron  fusilados antiguos hombres de la caballería de  Piar, coronel Remigio Femayor, teniente Nicolás Quiroga y los sargentos José Francisco Vargas y Justo Prieto, los días 5 y 6 de agosto de 1831 en plena festividad de Nuestra  Señora de las Nieves, patrona de la ciudad. Por orden del comandante de armas general Pedro Hernández, fueron presos y fusilados sin fórmula de juicio y no obstante la amnistía general otorgada por el Presidente de la República José Antonio Páez a todos los monaguistas sublevados contra la separación de Venezuela de la Gran Colombia.
         Para entonces la Plaza Angostura, llamada también Plaza de la Iglesia, era toda una cuadra empedrada, pocos árboles, limitada por las fachadas de los inmuebles construidos a su alrededor. Es a partir de su conversión en Plaza Bolívar (1869) cuando se le da la conformación de hoy, cercada con rejas y portones, pero un poco más grande, continua con el lado occidental de la Catedral y separada de la fachada de los inmuebles por tres estrechas calles a través de las cuales podían transitar los rudimentarios medios de transporte de la época: carros tirados por bestias.
         La Plaza, totalmente cercada con barandas de hierro forjado y tres anchas y pesadas puertas, tenía postes y faroles, 16 bancos de madera y hierro y tres piletas de cuyo centro emergían esculturas de hechura romana con hilos de agua. El piso fue embaldosado en 1900 por decreto del Presidente del Estado, general Lorenzo Guevara. Las baldosas  traídas de Las Antillas y las adyacentes a la peana de la estatua del  Libertador estaban  divididas en tres franjas y cada una de ellas correspondía a uno de los colores de la bandera nacional.
         En tiempos del General Eleazar López Contreras y siendo el  Dr. Ovidio Pérez Agreda, Presidente del  Estado, dispuso reducir el perímetro de la Plaza  Bolívar a objeto de facilitar el tránsito de automóviles por la calle Bolívar que resultaba estrecha. Se le asignó el trabajo a la Herrería de Giuseppe Abatti, ubicada en la avenida El Porvenir frente a La Laguna, y quien tomó las previsiones para mantener los portones, pero una violenta decisión del Presidente del Estado culmino con su eliminación definitiva por estimar que las plazas públicas debían permanecer abierta, sin horario, para el disfrute pleno de la ciudadanía. Los portones permanecían desde entonces bajo custodia en el fondo de la casa de José Abatti Bureli, hijo del herrero Giuseppe Abatti.
         Hasta entonces y desde mediados del siglo pasado se acostumbraba  abrir y cerrar la Plaza Bolívar de seis de la mañana a seis de la tarde por cuestión de seguridad y para evitar las deyecciones de las bestias del transporte de tracción así como la incursión de animales realengos en los jardines de la plaza.
Bajo la administración del Gobernador ingeniero Jesús Sanoja Valladares y con motivo del bicentenario del traslado de Santo Tomás de la Guayana a la angostura del Orinoco (1964), se sustituyó el pavimento embaldosado de 1900 por un piso total de granito pulido.

         Luego, durante las administraciones de los doctores Alberto Palazzi (1979-82) y Alcides Sánchez Negrón (1982-83) y con motivo del bicentenario del natalicio del  Libertador, la Plaza  Bolívar fue objeto de otra intervención, la tercera y la cual modificó bajo protesta de los vecinos, además del pavimento, los elementos del entorno a la estatua pedestre del Libertador, bajo la justificación de hacerla más funcional.     Los trabajos al costo de tres millones de bolívares estuvieron a cargo de la contratista “Gobesfra”, la misma que construyó ese adefesio o parche del Casco Histórico, llamado “Boulevard Bolívar”. El piso de granito pulido fue sustituido por bomanite liso y bomacrón tratando de sugerir la realidad del pasado y los alrededores cubiertos con laja verde extraída de las lejanas canteras del Miamo y piedras de cuarzo de la Gran Sabana. La nueva pavimentación afectó asimismo algunas zonas verdes, eliminó las tres Fuentes, reubicó y elevó la escultura de mármol que simboliza a Venezuela, reubicó los postes- faroles próximo a la peana  de la estatua, los bosquecillos sustituidos por yerba rala y los tradicionales bancos boulevarderos por otros más grandes y semicirculares, fuera de contexto.   

lunes, 22 de febrero de 2016

RELATO SOBRE EL FUSILAMIENTO DE PIAR


Desde el movimiento emancipador de Gual y España en 1789 hasta la Toma de Angostura en 1817, el invicto del General en Jefe Manuel Piar no había sido malogrado sino por dos derrotas, ambas un 16 de Octubre: La derrota sufrida en El Salado de Cumaná frente a las huestes del urogallo José Tomás  Boves y la de la Plaza Mayor de Angostura cuando fue pasado por las armas decidido por un Consejo de Guerra que lo halló culpable de los delitos de desobediencia, deserción y conspiración
         La sentencia la recibió de rodillas 18 días después de haber sido aprehendido en su campamento de Aragua de Maturín por una tropa de carabineros y trasladado a lomo de mula a la Angostura del Orinoco, donde quedó cautivo mientras durara el proceso militar a que fue sometido por instrucciones del Libertador.
         Aquellos días en cautiverio los experimentó como los más largos de su vida de guerrero y trataba de acortarlos con el filo oscuro de la sangría que solícitamente le preparaba su guardián Juan José Conde pero jamás pudo la bebida sino la misma sentencia que arrodillado escuchó de los labios del oficial  José Ignacio Pulido.
Al terminar la lectura de la sentencia, se levantó apoyado de la mano del Capitán Conde, y preso de frenesí comenzó a gritar por toda la sala ¡Inocente! ¡Inocente! ¡Inocente!  Se rasgó la camisa y arrojó la lente que usaba de costumbre colgada al cuello.  Al arrojarse en seguida a la hamaca, trastabilló y cayó en tierra.  El Capitán lo levantó y le dijo:
         -Qué es eso, General! ¿Olvida usted quién es?  El hombre nació para morir, sea cual fuere el modo que la suerte le depare.  Conformémonos pues.
         Piar cerró los ojos y quedó inmóvil como en una especie de sopor.  Después de media hora se levantó y dijo:
         -Capitán Conde, no crea usted ni lo comente, que lo ocurrido sea expresión de debilidad.  No es cobardía, es solo efecto de lo que ha debido sufrir mi corazón al oír esa bárbara sentencia, jamás creí que mis compañeros de armas me sentenciaran a muerte, y lo más doloroso, ejecutarme en esta plaza liberada por mi espada…Pero en fin...ya todo se acabó...Estoy resuelto a tragar la cicuta  Mándeme a llamar a mi edecán Jorge Melean.
         El Capitán quiso antes entregarle la lente que había recogido del suelo, pero se negó a aceptarlo diciendo:
         -Quédese con ella, Capitán, pues siendo usted medio ciego, podrá serle útil.
         Después de un corto paseo que dio por la sala, le dijo al Capitán:
         -Yo no estoy degradado y supuesto que es usted el oficial que ha de conducirme, ¿me permitirá mande yo la escolta que ha de ejecutarme?
         -No se si eso puede serme permitido.
         -Y ¿por qué no?  Solicítelo usted del Jefe Supremo.
         Así lo hizo el Capitán Juan José Conde, pero el General Anzoátegui y el Comandante Francisco Conde le hicieron saber que no debía permitírselo.
         Al ponerlo en conocimiento de esto e informarle que Jorge Melean no se hallaba en la ciudad, Piar le fijó la vista como espantado, desde la silla donde se hallaba sentado con la cabeza sobre el brazo derecho apoyado en la mesa  donde momentos antes habían colocado un Crucifijo de la Catedral.
         Creyendo que ya era el momento oportuno, el Capitán le preguntó si quería que le llamase algún sacerdote?
         -Déjese usted de eso ahora.
         Luego se levantó y fijos los ojos en el Crucifijo, exclamó:
         -Hombre salvador, esta tarde estaré contigo en tu mansión.  Ella es la de los justos.  Allá no hay intriga, no hay falsos amigos, no hay alevosos... A ti los judíos te crucificaron , tú mismo sabes por qué, y yo...y yo...por simplón voy a ser fusilado esta tarde.  Tú redimiste al hombre, y yo liberté a este pueblo ¡Qué coincidencia!
         Y dirigiéndose al Capitán, le dijo:
         -Capitán Conde, yo habré sido, no lo dudo, fuerte en reprender a mis subalternos; pero ¿cuál es el que mande que no tenga sus actos de arrebato?  Mas, en mi interior jamás he guardado ningún rencor, mi corazón nunca ha sido malo como los que me han vendido y condenado.  Yo los perdono, y también pido perdón a usted por las impertinencias que de mi haya sufrido.
         Traído el almuerzo, nada le apeteció.  Sólo de cuando en cuando pedía sangría.  Como a las once y media, tomando una esclavina que usaba, le dijo al Capitán:
         -No tengo un grande uniforme que ponerme para morir como Ney, pero me basta esta esclavina –y poniéndosela, preguntó: ¿Qué le parece, Capitán?
         -Déjese de eso por Dios, General.  Piense sólo en su alma.
         -Dice usted bien Conde, que venga el Provisor porque ese viejo me parece ser hombre de los más racionales de su oficio.
         Vino pronto el Prelado, lo confesó y se retiró meditando con la mano derecha en el pecho.  Piar, entonces, le encargó al Capitán le avisase cuando fuese la hora y éste a las cinco, le dijo:
         -Es la hora, General!
         Sin decir palabra, el General tomó el Crucifijo, se hincó, rezó y lo besó.  El Provisor que no se había ido lo acompañó hasta la puerta de la calle donde volvió a hincarse, oró de nuevo, entregó el Crucifijo y marchando sereno hacia la muerte pronunció su última frase:
         -¿Con que no me permiten mandar la escolta?
          Llegado al lugar indicado, al pie de la bandera del Batallón de Honor, oyó de nuevo la sentencia, pero esta vez con aire despreciativo, hundida de costumbre la mano en el bolsillo, moviendo el pie derecho y girando su mirada sobre el paisaje humano.
         El Capitán Conde trataba de colocarle una venda que arrebataba y lanzaba al suelo.  A la tercera vez, el General Manuel Piar no insistió sino que abrió su esclavina y el pelotón de fusileros pudo disparar directo al pecho descubierto.
En la plaza de Angostura, a 16 de octubre de 1917.-7º.-Yo el infrascrito Secretario, doy fe que en virtud de la sentencia de ser pasado por las armas, dada por el Consejo de Guerra, S. E. el Gral. Manuel Piar, y aprobada por S. E. el Jefe Supremo, se le condujo en buena custodia dicho día a la plaza de esta ciudad, en donde se hallaba el señor general Carlos Soublette, Juez Fiscal, de este proceso, y estaban formadas las tropas para la ejecución de la sentencia, y habiéndose publicado el bando por el señor Juez Fiscal, según previenen las ordenanzas, puesto el reo de rodillas delante de la bandera y leídosele por mí la sentencia en alta voz, se pasó por las armas a dicho señor General Manuel Piar, en cumplimiento de ella, a las 5 de la tarde del referido día; delante de cuyo cadáver desfilaron en columna las tropas que se hallaban presentes, y llevaron luego a enterrar al cementerio de esta ciudad donde queda enterrado; y para que conste por diligencia lo firmó dicho señor con el presente Secretario .--- Carlos Soublette.—Ante mí, J. Ignacio Pulido, Secretario.      
         Allí en la Plaza Mayor de Angostura sobre la tierra húmeda y musgosa de la tarde quedó tendido con todas sus cualidades y defectos el Héroe de Chirica, tal como lo describió después su oficial de guardia:   de regular estatura, ojos azules, barbilampiño, tez  rosada, imaginación e ingenio vivos.  Valiente y emprendedor, poco aplicado a la disciplina militar.  Fuerte en sus opiniones, en las que siempre quería prevalecer.  Los trasportes de su genio le hacían frecuentemente reprender con acrimonia, pero fácil luego en apaciguarse, llegando a veces hasta pedir perdón al subalterno a quien creyó ofender. Sincero, afable y cortés en sus modales.  Solía entretenerse con algunas obras de historia.  Era afortunado a la par que valiente y sólo una vez fue derrotado.

         El  “cementerio de esta ciudad” a que se refiere el acta de ejecución, era un sitio que más que cementerio propiamente concebido, parecía un corral cercado con “cardones de España”, muy verdes y prolijamente enrevesados.  Por eso el pueblo lo llamaba “Cementerio del cardonal”.

domingo, 21 de febrero de 2016

EL COLEGIO FEDERAL DE GUAYANA

Haciendo abstracción de la enseñanza impartida durante la Colonia, en este caso aislada e intrascendente, debemos señalar al Colegio Federal como el primer hito histórico de la educación en la Provincia de Guayana.

El Colegio Federal de Guayana es producto del advenimiento de la República y se instituyó por decreto de 13 artículos dictado en Bogotá el 27 de octubre de 1824. Entonces, Guayana formaba parte del Departamento Orinoco integrado a la República de Colombia y el cual comprendía las provincias de Guayana, Barcelona, Cumaná y Margarita.
         El decreto disponía que el Colegio, con sede fija en Santo Tomás de Angostura, tuviese una escuela de Primeras letras por el método lancasteriano, cátedras de gramática, de latinidad y filosofía.
         El método lancasteriano, creado por el educador inglés Joseph Lancaster (1778-1838), era bastante objetivo, desprovisto de ingerencia religiosa y aprovechaba a los alumnos destacados como monitores en la educación de sus condiscípulos. José Rafael Revenga, uno de los redactores del Correo del Orinoco y quien había estudiado el método en los Estados Unidos, ya había intentado, sin mucho éxito, establecerlo en Angostura previo entrenamiento de varios jóvenes.
         El Gobierno de Colombia destinó como sede del Colegio el Hospicio de los Padres Observantes (El Convento) que por estar en las afueras de la ciudad resultó inconveniente. Receptivo, el General Francisco de Paula Santander, encargado de la Presidencia de Colombia, dispuso entonces en atención a un pedimento, que se permutara a la Diócesis el Convento por la casa de los Jesuitas o “del Gobierno” como identificaban al inmueble donde se había reunido el Congreso de Angostura y el cual pertenecía a la Diócesis para la época grancolombiana. El avaluó del Convento fue de 26.243,49 pesos y el de la Casa de los Jesuitas, 12.715,37 pesos. Pero como transcurría el tiempo y el Colegio no se instalaba por falta de recursos económicos y profesionales, Monseñor Mariano de Talavera y Garcés, administrador apostólico de la diócesis de Guayana, había logrado que le cedieran temporalmente el edificio para establecer allí un Seminario, pero en eso vino la separación de Venezuela de Colombia y el Colegio aunque tardíamente, terminó instalándose allí, el 24 de junio de 1840, luego de una reformulación del decreto anterior por otro del Poder Ejecutivo de Venezuela del 8 de abril de 1834.
         No obstante que el Colegio fue objeto de un nuevo decreto en 1834, volvió a sufrir tardanza su instalación debido a las mismas dificultades anteriores, sólo resueltas en el curso de seis años por una Junta de Rentas que logró reconstruir el edificio que se hallaba en muy malas condiciones y asegurar ingresos fundamentados principalmente en las rentas que le producían los arrendamientos de los terrenos para hatos de las antiguas Misiones del Caroní que el Gobierno Nacional había adjudicado al Colegio para su usufructo.
         Los catedráticos que el Colegio requería no fue posible lograrlos en Caracas ni en otras partes del país. Los académicos parecían temerles a una ciudad tan cerca de la selva y consecuencialmente amenazada por zoonosis como el paludismo y la fiebre amarilla, por lo cual hubo que echar mano de los recursos habidos entre los vecinos de la misma ciudad.
         De manera que el Colegio arrancó sin Rector. Sólo con el catedrático de castellano, Andrés Eusebio Level de Goda, hijo del primer Rector del Colegio de Cumaná, haciendo las veces de Vicerrector, el catedrático de latinidad, Pbro. Rafael Cortés y 30 estudiantes. El Colegio no tuvo Rector sino a partir de 1842 cuando el Gobierno logró contratar al catedrático Elías de Valenzuela, quien inició el curso de filosofía previsto para completar la secundaria.
         Los estudiantes se dividían en dos clases: alumnos, los internos y escolares, los externos. Los primeros pagaban cien pesos anuales y los segundos no estaban obligados, pero podían contribuir espontáneamente. En este Colegio de índole nacional se permitía la escuela provincial de primaria letras, ya privada o dependiente de la municipalidad.
         En 1846, Elías de Valenzuela se separa de la Rectoría y el Colegio regresa a su status anterior hasta 1849 que recién graduado de abogado, Ramón Isidro Montes, en la Universidad Central de Venezuela, asume la dirección del Colegio, primero en calidad de Vicerrector y luego como Rector titular (1850-1854). Bajo su rectoría se graduaron los primeros bachilleres de filosofía y se crearon los cursos de Derecho, Medicina. Creó asimismo la cátedra de Literatura y fundó una escuela primaria para obreros y artesanos.
         Cuando el explorador Francisco Michelena y Rojas realizó su exploración oficial (1855-1859) hasta Bolivia siguiendo el curso del Orinoco y del Amazonas, se detuvo en Angostura y registró en su memoria esta impresión del colegio Federal de Guayana: “En estos últimos años la educación pública ha mejorado bastante: existe un colegio que contiene a la vez los tres grados de instrucción: elemental, secundaria y científica; y habiendo vivido en él las veces que visité aquella ciudad, me complazco en augurar que tal establecimiento como su rector (el Sr. Mantilla), hacen honor a la lectura de medicina y cirugía, cuyo profesor, el Dr. Plazar, generosamente, no solo renunciaba entonces a su estipendio, sino que dotó a la clase que regentaba de su gabinete anatómico. El estudio de las ciencias matemáticas, en todas sus partes, era también de nueva creación, bajo la dirección del mismo rector Montilla y del S. Olegario Meneses”.
         “Tan importante establecimiento, tiene elementos para llegar al grado de perfeccionamiento deseado; pues tiene rentas suficientes, con las fincas que posee, o más bien con el usufructo de los terrenos baldíos de Upata, sobre los que están fundados todos los hatos de ganados existentes en todo los que antes se denominaban “de las misiones”; rentas asignadas por el general Bolívar, con ese sólo objeto, el de promover la instrucción pública”.
         Ciertamente, como dice Michelena, para 1859 era Rector del Colegio, Alejandro Mantilla. Para entonces ya el Congreso Nacional, por decreto del 26 de marzo de 1852, había autorizado las Cátedras de Derecho, Medicina, Ciencias Eclesiásticas, Matemáticas y Filología.
         El Colegio percibía por concepto de arrendamiento de las tierras de las Misiones, ubicadas al Este del Caroní, Departamentos de Upata y Roscio, una renta relativamente importantes, la cual, para el primero de febrero de 1881 cuando el Gobierno de Guzmán Blanco dispuso su venta, se calculaba en un poco más de 24 mil bolívares.
         Las tierras fueron adquiridas por los propios ganaderos arrendatarios, a través de Antonio Liccioni, presidente de la Compañía Minera de El Callao, quien pagó por ellas al Gobierno la cantidad de 600 mil bolívares en oro.
         No hemos obtenido información de la posición o reacción del Colegio Federal y la comunidad con relación a la venta de las tierras misioneras que usufructuaba, pero si hubo disgusto por el destino que el gobierno pudiera darle a ese dinero, quedó compensado con la satisfacción que le produjo ese mismo año la elevación del establecimiento educacional al rango de Colegio Federal de Primera Categoría.
         El 16 de abril de 1896, el Congreso de los Estado Unidos de Venezuela completaría la obra elevándo el Colegio Federal de Primera Categoría a la jerarquía de Universidad y disponiendo 30 mil bolívares para la reparación del edificio que se hallaba en muy malas condiciones. El decreto legislativo del cual dio cuenta el diario El Bolivarense el mismo día gracias a la velocidad del Telégrafo, entró en vigencia el 5 de mayo cuando el Presidente Joaquín Crespo le estampó el ejecútese.
         El primer Rector que tuvo la Universidad de Guayana fue el doctor José María Emázabal, descendiente de Emeterio Emázabal, primer artista plástico que tuvo Ciudad Bolívar. Emázabal se sostuvo hasta 1900 que el Presidente Cipriano Castro designó al Dr. S. Izaguirre, nombramiento que fue elogiado en el periódico “La Restauración Liberal” por el escritor Rufino Blanco Bombona, quien más tarde sería nombrado para desgracia suya, Gobernador del Territorio Federal Amazonas.
         Ese mismo año la institución perdió a dos de sus más distinguidos catedráticos, Dr. Felipe Jorge Lebrun y Alejandro Mantilla. El primero, miembro de la Facultad de Ciencias Médicas y catedrático de Clínica ginecológica y obstetricia, y, el segundo, Rector en 1858.
         La venta de las tierras misioneras decretada por Guzmán Blanco, la vino a sufrir el Colegio Federal de Guayana en septiembre de 1900 cuando el Presidente Cipriano Castro, urgido de dinero, liquidó varias Universidades del país, entre ellas la de Guayana. Entonces el Colegio bajó a segunda categoría bajo la protesta general de los bolivarenses y del estudiantado que publicó y envió un manifiesto al Director de Instrucción Pública, Félix Quintero.
         Hasta entonces y desde el 12 de julio de 1826, el Colegio había conferido 34 grados de bachilleres en medicina; 19 grados de bachiller en derecho; 9 en teología; 19 grados de doctor en Medicina; 16 grados en Derecho y 4 en Teología, según publica el diario El Anunciador de la época. Estaban por graduarse siete jóvenes de doctor en Derecho y cinco en medicina.
         La presión de los bolivarenses a través de cartas y manifiestos públicos logran que el Presidente Castro reconsidere su decisión y por Decreto del 11 de marzo de 1901, dispone la reinstalación de las clases de Ciencias Políticas y de Ciencias Médicas y abrir la Escuela de Minas. Dicho Decreto establecía que los cursantes podían optar al título de Doctor en el mismo Instituto o en cualquiera de las Universidades del país.
         Fue un decreto salomónico que terminó con la liquidación espontánea de la Universidad, pues muchos padres prefirieron, después de cursado el bachillerato, enviar sus hijos a la Universidad Central de Venezuela, dotada de mejores recursos profesionales y técnicos. En definitiva, Cipriano Castro dictó otro decreto el 7 de noviembre de 1904 privándolo de la facultad de conceder títulos universitarios. Reducido a un Colegio de Secundaria, el 15 de abril de 1937, el Presidente Eleazar López Contreras lo declaró oficialmente como tal con el nombre de Liceo Peñalver, en memoria de don Fernando Peñalver, eximio patriota venezolano, oriundo de Píritu, pero que jugó un rol importante en el Congreso de Angostura y en el Correo del Orinoco.


sábado, 20 de febrero de 2016

CIUDAD bOLÍVAR VISTA POR NOTABLES VIAJEROS

Notables como el alemán Alejandro de Humboltd, el maracayero, Michelena y Rojas, el germano  Carl Gerldner, el francés  Lucien Morisse y el caraqueño Rufino Blanco Bombona, la barqisimetana Iginia Bartolomé de Álamo, que viajaron por Guayana tuvieron de la Ciudad Bolívar de los siglos diecinueve y veinte la siguIente impresión:

         Después de 75 días recorriendo 2.250 kilómetros por el Apure, Orinoco, Atabapo, Río Negro y Casiquiare, Alejandro de Humboldt y Bonpland llegaron a la Angostura del Orinoco en tiempo del gobernador don Felipe Inciarte. Tenía la ciudad 6.000 habitantes y he aquí lo que el científico escribió: “La que es hoy capital de la provincia de Guayana fue fundada en 1764, en tiempos del gobernador don Joaquín Moreno de Mendoza y su verdadero nombre es Santo Tomé de la Nueva Guayana. Pero en gracia a la brevedad, lo corriente es llamarla Angostura (paso estrecho). La ciudad esta adosada a una colina pelada, de hornablenda pizarrosa; las calles son rectas, y en su mayoría discurren en dirección paralela al río. Muchas casas están construidas sobre la roca desnuda, y aquí se cree que el aire es insano a causa de las superficies negras intensamente caldeadas por el sol. Yo considero más peligrosas las lagunas de aguas estancadas que se extienden detrás de la ciudad, hacia el sudeste. Las casas de Angostura son altas, agradables y, en su mayoría, de piedra. Este tipo de construcción demuestra que aquí nadie teme los terremotos; por desgracia, esta seguridad no se basa en el resultado de observaciones fidedignas. En la región costera de Nueva Andalucía se notan a veces violentas sacudidas, que no se propagan más allá de los llanos. En Angostura no se observó nada cuando la terrible catástrofe de Cumaná del 4 de febrero de 1797; pero cuando el gran terremoto de 1766, que asoló también aquella ciudad, se movió el suelo granítico de ambas orillas de Orinoco, hasta las cataratas de Atures y Maypures.
         Los alrededores de la ciudad Angostura presentan escasa variación; no obstante, es grandioso el panorama del río, que forma un enorme canal de dirección Sudoeste-Nordeste. En las crecidas queda inundado el muelle, y, con frecuencia, personas imprudentes son devoradas por los caimanes dentro de la misma ciudad. Muchos más seres humanos de lo que se cree en Europa sucumbe anualmente víctimas de su imprevisión y de la avidez de los reptiles. Esto ocurre, sobre todo, en los pueblos, cuyos alrededores están inundados con frecuencia. Incluso los cocodrilos establecen su morada en un mismo lugar durante largo tiempo, y cada año se vuelven más audaces, especialmente, según los indios, cuando han probado carne humana. Son tan astutos, que se hace muy difícil acabar con ellos. Una bala no atraviesa su piel, y sólo es mortal si se le da en las fauces o en la fosa axilar. Los indios, que raramente se sirven de armas de fuego, atacan al caimán con lanzas tan pronto como ha mordido un fuerte anzuelo de hierro puntiagudo, cebado con carne y atado con una cadena a un árbol. Lo acometen cuando la fiera esta cansada de sus esfuerzo por librarse del hierro que le ha clavado en la mandíbula superior.
         Cada vez que, en años calurosos y húmedos, se declaran en Angostura fiebres malignas, vuelve a plantearse la cuestión de si el gobierno obró bien trasladar aquí la ciudad Vieja Guayana. Se afirma que la antigua capital, más cercana al mar, es favorecida por los vientos frescos procedentes del océano, y que la elevada mortalidad que en ella se registra, no debe atribuirse tanto a las condiciones locales como al modo de vida de los habitantes.
         Las bocas del Orinoco tienen algo que las favorece más que a todos los puertos de Tierra Firme: desde ellas, son más rápidas las comunicaciones con la Península Hispánica. A veces se efectúa la travesía desde Cádiz a Punta Barima en 18 a 20 días, y la de regreso, en 30 a 35. Como estas bocas se hallan a sotavento de todas las islas, los barcos de Angostura pueden realizar un ventajoso tráfico con las colonias de las Antillas, más que Guaira y Puerto Cabello. Por eso los comerciantes de Caracas miran siempre con envidia los progresos de la industria de la Guayana española, y como Caracas fue hasta ahora la sede suprema de las autoridades gubernamentales, el puerto de Angostura fue menos favorecido que los de Cumaná y Nueva Barcelona. La actividad máxima del tráfico interior es con la provincia de Barinas, de la cual se envían a Angostura mulos. cacao, añil, algodón y azúcar, a cambio de <<géneros>>, es decir, productos europeos manufacturados. La pequeña ciudad de San Fernando de Apure sirve de puerto de depósito en este intercambio fluvial, que puede cobrar mayor importancia con la navegación a vapor”.
  
         El diplomático, viajero y periodista Francisco Michelena y Rojas, en el relato de su expedición oficial hecha en 1856 por el Orinoco, el Meta,  Río Negro, Amazonas y el Atlántico, la describió así al detenerse en ella: “La ciudad se halla situada á un regular declivio, bastante para hacerla parecer en anfiteatro y aprovechar los vientos que la refrescan periódicamente; tiene además la colina sobre que está construida bastante base para extenderse a las márgenes del río, como se está haciendo al E. de la ciudad, no sólo frente á la hermosa Alameda, compuesta de los más frondosos árboles tropicales, que se  prolonga a gran distancia en toda la orilla, sino también continuando, como hasta ahora, á cegar una pequeña laguna que existe frente al paseo mismo; terreno conquistado para extenderse la ciudad en aquella dirección, á la vez que se removería el único origen inmediato de las fiebres que atacan de tiempo en tiempo al pueblo menesteroso. Cuando esto suceda, que será muy pronto, pues los trabajos se hallaban muy adelantados cuando visitamos la ciudad, Ciudad Bolívar será uno de los mejores climas de la República y una de las más agradables residencias. En esa colina las principales calles descienden al río de S. á N.; en su vértice se encuentra la plaza principal rodeada de regulares edificios, entre ellos la Iglesia catedral, aseada y de buen gusto, y el colegio nacional, que además de llenar satisfactoriamente las necesidades de la escasa población, tiene el mérito de haber servido para la instalación del segundo Congreso de Venezuela, en circunstancias que casi todo el país de hallaba ocupado por los Españoles, la que tuvo lugar el 15 de Febrero de 1819, 9 años después de hecha la declaración de la independencia. Allí fue también en donde los representantes de Venezuela y N. Granada, crearon y oficialmente anunciaron al mundo la existencia política de Colombia. ¡Con cuanto entusiasmo como orgullo escribiríamos estas líneas, como lo hacen nuestros amigos políticos del N. América, si á los esfuerzos de nuestros padres, como sucedió con los de aquellos, hubieran correspondido los resultados obtenidos hasta ahora ¡Quisiera la Providencia dar á los nuevos hombres, hoy en el poder, la cordura que faltó a los anteriores, y al pueblo, el patriotismo necesario para que ambos levanten al país de las postración en que se encuentra por nuestras disensiones domésticas!
         Dijimos que las calles principales corrían al río de S. á N., pero también están interceptados en ángulos rectos por otras E. O., de no menos mérito, y entre estas, la gran calle paralela al río, en donde se hacen todos los negocios de comercio. Pocas ciudades  hay en el mundo, muy pocas, tan bien situadas, á orillas de un majestuoso río, en su misma orilla, sin que sobresalten temores de una inundación, y que pueda embarcarse á bordo de un navío de línea sin más que atravesar los 20 pasos de calle que lo separan del buque; tampoco habrán muy pocas calles, en un clima cálido como Angostura, en donde sus habitantes se paseen ó hagan á cubierto sus transacciones comerciales debajo de galerías espaciosas, cómodas y elegantes; y si quisiese más fresco, los dos rangos de copados árboles de La Alameda satisfarían ampliamente sus deseos. En lo general, la ciudad es bonita, aseada, bien empedrada, y las aceras enladrilladas. Hay muy buenas casas, y algunas mejores que las mejores de la capital de la República.
         O la policía en muy bien hecha, ó la población es muy bien inclinada, porque no se ven robos ni desmanes de otra naturaleza: muchos de los presos vienen de otras provincias á purgar sus sentencias en las cárceles.
         En estos últimos años, la educación pública ha mejorado bastante: existe un colegio que contiene á la vez los tres grados de instrucción: elemental, secundaria y científica; y habiendo vivido en el en las veces que visité aquella ciudad, me complazco en asegurar que tal establecimiento como su rector (el Sr. Mantilla), hacen honor a la provincia. La alta instrucción estaba reducida solamente á la lectura de la medicina y cirugía, cuyo profesor, el  Dr. Plazar, generosamente, no sólo renunciaba entonces á su estipendio, sino que dotó a la clase que regentaba de un gabinete anatómico. El estudio de las ciencias matemáticas, en todas sus partes, era también de nueva creación, bajo la dirección del mismo rector Mantilla y el Sr. Olegario Meneces.
         Tan importante establecimiento literario, tiene elementos para llegar al grado de perfeccionamiento deseado; pues tiene rentas deficientes, y más que suficientes, con las fincas que posee, ó más bien con el usufructo de los terrenos baldíos de Upata, sobre que están fundados todos los hatos de ganado existentes en todos los que antes se denominaban “de las misiones”; rentas asignadas por el general Bolívar, con ese solo objeto, el de promover la instrucción pública. Pero desgraciadamente, las rentas del colegio han estado siempre muy mal administradas, llegando al grado de no entrar en sus arcas sino 3.000 pesos anuales; y aún en cierta ocasión, siendo acreedor el colegio por la suma de 3.000 pesos á una testamentaria, por razón de arrendamiento en las tierras de un hato, se sacó á remate el hato; el gobernador representaba los intereses del colegio, todo se arregló de modo que no hubiese mayor postor; y habiéndole sido adjudicado al colegio, el gobernador le dio los 3.000 pesos á este, y se quedó con el hato, que dicen valía 40.000 pesos. A poco de esta sucia transacción llegué á Upata, en donde me fue referido como un escándalo poco común; y que ha quedado impune.
         Volvamos a la Alameda para hacer ver en ella un lugar muy interesante en todo país civilizado, el de abasto para la ciudad. Este edificio, el cuarto en su género en toda la República, armoniza bien con el grado de civilización y progreso de esta ciudad. Entre la Alameda y el río, sobre un terreno rocalloso que se avanza á aquel en forma de cabo, y por supuesto abordable por todas partes por las embarcaciones menores cargadas de provisiones, se encuentra situado el mercado formando un semicírculo, cuya base frente paseo está adornada con una gran baranda ó verja de hierro. A este mercado, pues, llegan víveres de toda naturaleza y en abundancia, no solo de Cumaná y Barcelona, que están á la otra banda del río, sino del Meta viniendo de Casanare, del Apure y aún de provincias más distantes. Tal es la admirable hidrografía de Venezuela, por la cual aquella ciudad está en contacto con casi todas sus provincias.

         Carl Gerldner, joven germano llegado a estas tierras, dice en su libro bilingüe (alemán-español) “Anotaciones de un viaje por Venezuela”, editado por la Asociación de Cultura Humboldt, que Ciudad Bolívar para 1868, carecía de hoteles. Tan sólo una casa por alojamiento regentada por un alemán de nombre August, pero estaba completamente ocupada, por lo que tuvo que valerse de una carta de recomendación para los señores Blohm, Krohn & Cía, en cuya casa hermana Blohm, Nölting & Cía había trabajado en La Guaira. El gerente del negocio los recibió amablemente y le brindó alojamiento confortable.
         En Angostura imperaba la costumbre de que los empleados de un comercio vivían en la casa de su superior y también eran alimentados por él, estableciéndose de esta manera una relación más estrecha con el negocio y la familia.
         El mismo día, Carl pudo observar el colorido movimiento en la orilla del Orinoco. Las lavanderas hablando y riendo, paradas en el agua hasta las pantorrillas y paleando la ropa contra la roca para sacarle el sucio. Balandras, lanchas y grandes botes de 40 a 50 toneladas cubriendo la ruta Apure y Barinas, transportando algodón, café, cacao, ron, papelón, pieles de ciervos y tabaco así como la ruta del Alto Orinoco con productos como bálsamo de Copaiba, aceite de carapa, habas de Tonga, chinchorros, totumas, cestas y casabe.
         El alemán queda impresionado de los indios que llegan a la orilla del río a canjear sus productos por herramientas agrícolas, fusiles, pólvora y plomo. Los llama camaradas silenciosos, dotados de un gran impulso nómada, gente que nunca abandona su severidad estoica y jamás brindan una sonrisa y mucho menos una risa. Observa también su nivel de inteligencia que considera superior al hombre de raza negra y con una gran capacidad de adaptación al mundo civilizado.
         Los deslumbran las galerías porticadas del Paseo Orinoco, sus columnas, balcones y celosías, donde transcurre la gran actividad comercial y una comunidad muy abigarrada de damas de mucho colorido vendiendo frutas, arepas, tortillas de coco y otras especialidades muy apetecidas por los trabajadores del río.
         Viaja con su hermano Max a las minas de El Callao y embarca en un vapor, con cuatro burros comprados en Soledad, cargados de herramientas y alimentos. Navegan sobre cubierta junto con otros representantes del reino animal, entre cajas, barriles, sillas de carga y en medio de ese abigarramiento de seres y de cosas fondean en Puerto de Tablas ya avanzada la noche. El desembarque fue sumamente angustioso. Los marineros tenían que echarse los pasajeros al hombro en una noche oscura con iluminación, sin nada parecido a una lámpara y bajo amenaza de lluvia, con el equipaje arrojado en la orilla en un desorden indescriptible. A bordo venían otros once burros de un grupo de franceses, españoles y generales para un total de quince y todos fueron empujados al agua desde la borda para que instintivamente llegaran a la orilla al encuentro de sus amos. Carl y Max no podían identificar, para asegurarlos aquellos rucios llegados en tropel. Les era sumamente difícil en una noche tan oscura como aquella. Al fin, por descarte, lograron a duras penas frenar el descarrío de los orejas largas, pero cincharlos, asegurarles las sillas y cargarlos fue toda una empresa desesperante, más porque los asnos no estaban domesticados y luego porque sus dueños carecían de experiencia. Al final tuvieron que pagar a dos sonrientes y pícaros observadores para que los sacaran del apuro y poder vencer las 50 leguas que distancia a Puerto de Tablas de Nueva Providencia por una vía que más que camino era como una trocha, pues para entonces en Guayana no había caminos y nada se hacía para construirlos, menos se conocían puentes y las quebradas, ríos y riachuelos se vadeaban con el agua a la cintura o embarcados en curiaras.
         Carl en su libro de gran formato, 364 páginas (50 mil bolívares), dice que después de haber caminado un largo rato desde que partieron, esperaban ver en cualquier momento al pueblo de San Félix, el cual figuraba en sus mapas de viajeros, pero éste no se veía por ninguna parte. Más tarde supieron que esa población “había sido destruida por completo durante la guerra de independencia y jamás fue reconstruida”.

Lucien Morisse, botánico y geólogo francés, comisionado por el gobierno de su país, realizó tres excursiones científicas a territorio venezolano y en la última -1894- practicó un estudio geológico de Guayana, en especial de la región aurífera del Yuruari y  mientras se aproximaba a Ciudad Bolívar la describió así:  “Hacia las seis Ciudad Bolívar se perfiló con donaire en el horizonte de púrpura y oro, blanca sobre su colina negra y lustrosa de rocas plutónicas, enteramente escalonada y estructurada alrededor de la Catedral construida en la ladera de un peñasco en el centro. La alta torre encalada de esta iglesia metropolitana domina y parece proteger las casas, cubos escalonados al estilo moro, que se explayan a su alrededor en cascadas de ladrillos blanqueados con cal. Ya había caído la noche cuando llegamos, hacía las siete. El barco acababa de recibir de Fort de France calderas nuevas, de modo que llegamos muy a tiempo, pese a la fuerza de la corriente que tenía que remontar.
         Ciudad Bolívar fue construida por los españoles en la margen derecha del Orinoco; enfrente, en la margen izquierda está el pequeño pueblo de Soledad, cabeza de un Camino real de unos cientos de Kilómetros que llega a Barcelona, puerto del mar Caribe. Precisamente en Soledad, Julio Verne, anticipándose en un siglo, hace que sus héroes de El Soberbio Orinoco, tomen el ferrocarril para Caracas.
         La alta colina, en cuya vertiente occidental se extiende la ciudad, domina el gran río en el punto más estrecho de su recorrido, es decir, ochocientos metros de ancho entre Bolívar y Soledad; por eso los españoles llamaron a ésta ciudad Angostura.
         Tal configuración había impuesto este emplazamiento por encima de cualquier otro por la disposición de la montaña de cara el río, prolongándose del otro lado una amplía meseta sobre la cual la ciudad termina de esparcirse, y también por la estrechez del río en este punto. Estos dos factores hacen de la ciudad una plaza muy fácil de defender. Actualmente Ciudad Bolívar, situada como está, no tiene razón de existir. A cuatrocientos cincuenta Kilómetros de Las Tablas, esta demasiado lejos del centro minero y de las ricas selvas de caucho del Delta, de Piacoa, del Imataca; de La Paragua y del Caroní; es decir, demasiado lejos de la parte baja del río.
         En lo referente al río medio y alto, está a trescientos Kilómetros del Caura, a cuatrocientos cincuenta kilómetros de los vastos y fértiles valles del Apure y del Arauca, es decir, la inmensa región de los llanos, hacía La Urbana.
         Está a quinientos kilómetros del  río Meta, que conduce hasta el corazón de Colombia.  A  setecientos kilómetros del Atures, primer gran salto del Orinoco.
         Ciudad Bolívar, mal situada, alejada de todo y no en un centro donde el comercio, la industria y la agricultura explican y justifican la presencia de una capital, está llamada a desaparecer, o más bien a desplazarse, quizá a desdoblarse en dos otras ciudades:
Las Tablas hacia el mar y La Urbana a la entrada del Alto Orinoco, cuando la vida moderna, industrial y comercial cree en el Orinoco una serie de intercambios con el Nuevo y el Viejo Continente.
         Por el momento, la vida, la fisonomía de la Ciudad, han seguido siendo lo que fueron hace cien años. La industria no existe y los procedimientos comerciales no han variado para nada.
         Debido a su situación tierra adentro, que exige un trasbordo en Trinidad, Ciudad Bolívar, dotada de un flotilla bastante insuficiente aun para las necesidades actuales e incapaz de asegurar más de una vez por quincena las comunicaciones y las transacciones con el resto del mundo, ha escapado completamente al gran movimiento que arrastra a los pueblos contemporáneos al éxodo hacía las regiones ricas y nuevas.
          
El escritor Rufino Blanco Bombona cuando en 1905 llegó por primea vez a bordo de un barco a Ciudad Bolívar  con destino a la Gobernación de San Fernando de Atabapo, tuvo la siguiente impresión, luego de cinco días de navegación, primero costeando el Oriente de Venezuela y luego el Orinoco:  “Amanecimos una mañana frente a Ciudad Bolívar. La capital de nuestra Guayana, vista desde a bordo, en la bruma del amanecer, con sus torres blancas, sus casas blancas, sus contornos áridos y en el fondo una pirámide berroqueña, aparecía en el horizonte, acurrucada sobre una roca, a orillas del famoso Río.
         El buque se va acercando lentamente. La Ciudad, coronada de azotes, se divisa mejor. Parece una ciudad árabe; y hasta me recuerda vagamente, sin que sepa cómo el panorama de Jerusalén, visto no sé cuándo, no se donde.
         Aquella ciudad, a la que veía por primera vez, evocada en mi espíritu recuerdos patrióticos. Allí se combatió con rudeza por la nacionalidad. Allí se fusiló a Piar en 1817. Allí se fundó la Gran Colombia, en 1819. A  la belleza del paisaje se reunía la belleza de la historia. Pisé tierra bajo los más gratos auspicios.
         La estada fue prolongándose, sin pensarlo ni quererlo, en los preparativos de una internación en las soledades del Alto Orinoco. Tuvimos que lamentar una desgracia con que se iniciaba la expedición, siendo la primera salpicadura roja de esta odisea que iba acabar en sangre. Arvelo-Larriva, que debía juntarse con nosotros en Ciudad Bolívar para acompañarnos al Territorio, de que ya era conocedor, tuvo un lance personal con el propietario del Hotel dando gritos y amenazándonos a todos. A duras penas pudimos salvar a nuestro compañero y salvarnos nosotros mismos de garras enfurecidas del populacho”.

La escritora Iginia Bartolomé, esposa del doctor Antonio Álamo, historiador, abogado y político, presidente del Estado Bolívar en 1933-35,  escribió esta bella estampa de la ciudad en la revista local “Alondra” de Anita Ramírez:
“Ciudad Bolívar  esta fabricada en una pequeña colina, y vista de lejos me recuerda a Quintamar de la Sierra.  Esta condición topográfica hace que las calles suban y bajen por todos lados, y la ondulación se comunique a techos y azoteas, pues no hay dos al mismo nivel y tal irregularidad resulta pintoresca.  No hay la monotonía de las modernas ciudades tiradas a cordel, siempre llenas, siempre iguales, sino que lo imprevisto, sale cada momento al paso.
Casas de balcones sin tener dos pisos,  grandes muros  y  viviendas que parecen
fortalezas circundadas como están de barrancos o peñones.  Puede decirse que ésta es la ciudad de las azoteas; casi todas las casas rematan en esta forma y son mucho menos frecuentes los tejados.  Azoteas españolas de ladrillos, fuertes, sólidas y así  son las paredes y la construcción.  Las fachadas son imponentes, severas, pesadas, con sus grandes ventanas, con sus balcones corridos, con esa austeridad y firmeza que habla de los tiempos en que se fabricaba con calma, a conciencia sin apuros, ni apremios, porque la vida era lenta, tranquila, reposada, y con toda parsimonia podían fabricarse paredes de más de medio metro de espesor, ventana, puertas y barandales, con talladuras minuciosas, fachadas barrocas, con el amontonamiento de adornos y molduras y pisos sembrados de huesos o de diminutos ladrillos en caprichosas combinaciones.  Muchas de estas cosas hay en Ciudad Bolívar y por ello tiene cierto aspecto grave y reposado de antigua ciudad colonial.  No ha entrado aún la levedad moderna con sus delgadas paredes de adoboncitos y bloques de cemento armado, con sus platabandas de cemento, sus armaduras de hierro, sus luces y rejas lisas, sin minuciosidades, escuetas de detalles y que hablan del apuro del siglo enfermo de impaciencia y rapidez”


miércoles, 17 de febrero de 2016

LA CIUDAD DE MATIAS ALFARO


Una matrona octogenaria, nacida en Ciudad Bolívar en noviembre de 1920, cuenta la historia de su bisabuelo, el prócer de la Guerra Federal, General Matías Alfaro, quien tuvo activa vida política - militar en Guayana y participó en el derrocamiento del Presidente del Estado,  médico, político y escritor Antonio Parejo.

         El General Matías Alfaro, según nos contó la matrona octogenaria Luisa  Carlota Santodomingo, nació en Píritu de Barcelona en 1826 y murió en ciudad Bolívar el 29 de octubre de 1901, siendo jefe de las milicias. Comenzó guerreando en el bando federalista en 1859 con 300 llaneros de sus fincas pecuarias y las de otros vecinos.  Fomentó acciones guerrilleras en Oriente y tuvo actuación efectiva en los combates de Píritu y Barcelona.
El 8 de septiembre de 1862 fue sometido por las fuerzas del gobierno  en la parroquia de San Lorenzo tras la derrota en el combate de Chaguaramas.  El Segundo Jefe del ejército centralista, el General José María Zamora, lo llevó preso a La Guaira y allá se lo presentó al Presidente José Antonio Páez. Fue entonces cuando el General Matías Alfaro conoció al viejo caudillo de los llanos. Pocos meses después triunfaría la Federación.
El Gobierno Federal lo ascendió a General en Jefe en 1864 y combatió la Revolución de los Azules liderada por el general José Tadeo Monagas, mientras tanto Antonio Guzmán Blanco preparaba la vuelta al Poder mediante la llamada Revolución de Abril en la cual tomó parte activa el General Alfaro, pero poco después entró en contradicción con Guzmán Blanco al lado del General José Ignacio Pulido en el Oriente del país.  Sometido, es recluido en la Rotunda de Caracas y expropiado de sus bienes.  El ascenso de  Francisco Linares Alcántara a la Presidencia de la República lo favorece, pues le es conmutada la prisión por confinamiento en Ciudad Bolívar, donde se dedica de nuevo a la cría de ganado.  Mantiene su oposición a Guzmán Blanco y esta se  fortalece cuando en 1878 llega el General José Pío Rebollo a la Guarnición de Ciudad Bolívar.
En 1880, el médico, escritor y político caraqueño Antonio Parejo, quien había sido diputado por Guayana y Ministro de Crédito Público, es nombrado Presidente del Estado Bolívar y Jefe de la Guarnición  el General Manuel Castrillo Cortez contra quienes se subleva el General José Pío Rebollo el 20 de enero de 1880, respaldado por la milicia que comandaba el General Matías Alfaro, mientras se celebraba un baile suntuoso en la Casa de las Doce Ventanas.  Virtualmente la sublevación era contra la vuelta al Poder por segunda vez del General Guzmán Blanco.
El General zuliano Venancio Pulgar, miembro del Consejo de Gobierno de Guzmán Blanco, es enviado a sofocar la sublevación en Guayana.  Somete al General José Pío Rebollo y el 15 de marzo de 1880 se le condena a la pérdida de sus títulos y grados militares, más 10 años de presidio en el Castillo de San Carlos.
Matías Alfaro, quien había pasado a controlar el interior de Guayana es derrotado  y capturado mientras 14 oficiales de su estado mayor emprendieron la fuga hacia la frontera con la Guayana inglesa a donde llegaron tras cincuenta días de hambre y penuria por los intrincados caminos de la selva, viéndose forzados a sacrificar a uno de ellos para no perecer de hambre.
José Pío Rebollo fue indultado seis años después por Guzmán Blanco y mucho antes el General Matías Alfaro, quien comenzó a normalizar su vida desde su casa de habitación en el Paseo San Antonio, cerca del Convento, donde hizo familia con su esposa Dolores y sus hijos homólogos Dolorita y Matías.  Una casa, según explica Luisa Carlota, con pisos de madera y techos de teja, rodeada por grandes corredores, muchas palmeras, flores de malabar, rosas y jazmines. La casona disponía de salones con muebles de la época, piano de cola y retratos de familia.
Cuando Dolorita cumplió los quince hubo una gran fiesta en la que el General Alfaro botó la casa por la ventana y dolorita encontró su primer y único amor,  un oficial con el grado de coronel llamado Emilio Antonio Santodomingo, descendiente de hispanos, quien llegó a Ciudad Bolívar enviado desde Caracas donde inicio su carrera militar.  Con la niña quinceañera terminó casándose tras un romance diario e intenso que coronó con  el advenimiento de dos varones (Emilio Manuel y Matías César) y tres hembras (Catalina, Nieves y Teresa).
El 29 de octubre de 1901, a la edad de 75 años y siendo Jefe de las Milicias de Ciudad Bolívar y Presidente local del Partido Liberal, falleció el general Matías Alfaro, quien cinco meses antes había participado en la Junta pro inauguración de la estatua al General Juan Crisóstomo Falcón en el hoy Paseo Orinoco..  El Obispo Monseñor Antonio María Duran ofició las exequias encabezada por el Presidente del Estado General Julio Sarría Hurtado.
La familia Santodomingo Alfaro era asidua concurrente a los espectáculos del Teatro Bolívar hasta octubre de 1904 que el general Emilio Antonio se enamoró pedidamente de una bailarina de la Petit Troupe de Armando Lamuela.  Sin poderlo soportar, su esposa Dolorita  se echó a morir de tristeza.
Sin embargo, tuvo fuerzas para celebrar los quince años de Catalina, quien también en un baile de cuadrilla encontró como otrora su madre, un afortunado  pretendiente, Ventura Reyes, hijo de Etanislao Reyes, un General godo rechazado por su padre.
El general Santodomingo se vio obligado a olvidarse de la bailarina; de todas maneras, su esposa Dolorita había quedado herida de muerte y falleció al negarse a ingerir alimentos.
Poco después el General fue llamado a Caracas y aceptó ser Presidente del Estado Monagas, lo que lo obligó a buscar pareja en la señorita Belén Méndez, dama muy bonita, rubia y de ojos azules.
La joven Catalina aprovechó la coyuntura para imponer su noviazgo con Ventura Reyes, al que repetida y duramente se oponía su padre.  Al fin no le quedó otra alternativa que aceptarlo en matrimonio.  La joven pareja se fue a vivir a Las Galias, una casa grande, bonita y solitaria, fabricada sobre una inmensa laja en el casco urbano de Ciudad Bolívar.  Allí nacieron nueve hijos, incluyendo a la bordona Luisa Carlota, la que a la edad de 85 años encontramos en la Posada Turística Salto Ángel y no vaciló en contarnos su historia.
Los padrinos de Luisa Carlota eran Memela y su esposo Eduardo Boccardo, quien iba a su negocio en un carro Ford tablita conducido por Ovidio Reyes Santodomingo,  hermano de Luisa Carlota.  Antes, Ovidio,  a cambio de ser aceptado como alumno oyente servía al doctor Miguel Emilio Palacio conduciéndolo en carreta, por invidente,  a dar clase en la Escuela Federal de Varones.  Miguel Emilio Palacio fue el fundador de la Escuela de Minas en el Yuruari.
Ventura Reyes se lo pasaba en el interior de Guayana ocupado en el negocio del oro y la sarrapia.  Encargado de toda la familia quedaba en Ciudad Bolívar su segundo hijo Antonio, muy estricto y severo.  Antonio era secretario de la Jefatura Civil a cargo del coronel Morillo, locamente enamorado de Catilinita, menor de 14 años hermana de Antonio.  La familia se escandalizó cuando la pidió en matrimonio, de todas maneras  terminó en boda con la chiquilla antes de ser cambiado a la Jefatura Civil de Barcelona.
La otra niña casadera era María que terminó en noviazgo y matrimonio rápido con el joven barquisimetano Julio Serradas Martínez.  Quedaban niños todavía Rafael y Luisa Carlota, quienes durante las vacaciones iban a las islas a comer zapoara y patilla o a bañarse en Agua Salada donde la niña pescó la malaria  Aprender las primeras letras les costó pues su maestra costurea Margarita por cada falta los ponía a ensartar cien agujas y clavarlas luego en una almohadilla.  Cuando Luisa Carlota aprendió a leer y escribir pudo ingresar al Colegio Santa Teresita de Jesús para lo cual la familia debió mudarse a una casa en la Bajada del 14.
Luisa Carlota era de por sí una niña muy traviesa y no por ello  colmada de amor paternal.  De sus travesuras no escaparon Florinda Barazarte y don Carlos Afanador Real, sus profesores de piano y solfeo como los muertos velados en la capilla del Hospital Las Mercedes a donde acompañada de una amiguita penetraba furtivamente y apagaba las velas.  Por traviesa estuvo hospitalizada al caerse de un trapecio.  Sus estudios sufrieron algún retraso por la muerte de su abuelo primero y después la de su hermano Rafael, víctima del tifus que hizo estragos en la Ciudad Bolívar de la primera mitad del siglo veinte.  Al Colegio Santa Teresita de Jesús  no se podía asistir sin el uniforme aunque se estuviese de luto, por lo que las madres preferían que sus hijos perdieran el año.

Cuando murió de tifus su hermano Rafael, ella se hallaba aislada en una casa vecina y al escuchar los gritos de la madre por su hijo muerto se escabulló y en el camino se tropezó con un señor que venía al velatorio y no encontraba la casa.  Venía de Maracay, se llamaba Ramón Grillet (Kico) a quien le sirvió casualmente de guía en medio del dolor.  Con ese señor terminó casándose.  Con él tuvo dos hijos y de él terminó divorciándose por parrandero y enamorado infiel.  Se casó después con su pariente, Joseito Santodomingo,  el segundo amor.  Con él navegó el barco de la felicidad y a bordo sus diez hijos, dos de los cuales perdidos en la estela del tiempo y ella, allí, después de muchos puertos, varada en la Sierra de Santa María de Caripe,  fuerte como un roble de 85 años, señera de varias generaciones sobrevenidas desde de los tiempos de la Guerra Federal, cuando el General Matías Alfaro lideraba llaneros como los de Páez.

martes, 16 de febrero de 2016

CIUDAD BOLIVAR Y SOLEDAD


Ciudad Bolívar y Soledad, de por medio el Orinoco como eje, conforman la Angostura del Orinoco y un valor de conjunto determinado por la relación existente entre clima y cultura que debe tomarse en cuenta como base para una orientación de conducta en el sitio.

         Antonio Violich, como otros arquitectos y artistas que defienden la permanencia y conservación del casco urbano bolivarense y se oponen a construcciones de alto contraste y fuera de contexto como el edificio del arquitecto Oscar Tenreiro para un Teatro, considera que se ha fallado en cuanto a  la valoración de conjunto y que carecemos en este momento de una visión global del entorno geográfico de Angostura.
Esa delimitación del perímetro que se ha hecho para englobar lo que es la geografía angostureña con vista a su protección, conservación y revitalización social, es simple y carece científica y metodológicamente de una visión más profunda del problema.
         Por ejemplo, se han olvidado los principios bioclimaticos en la reconstrucción del casco histórico.  El rompimiento de los modernistas esteticista con el pasado es tal que se pasan por alto algo tan históricamente elemental como los principios bioclimaticos que en la edificación de la Angostura del Orinoco tomaron en cuenta tantos fundadores como  habitantes. Topografía, temperatura, humedad, vientos, insolación, precipitación y recursos a mano disponibles determinaron el tipo de la edificación, ya para viviendas, instituciones públicas o comercio.
         Con una temperatura que promedia los 28 grados centígrados no sé podían construir viviendas como las de países de clima frío sino esas casas altas de azoteas, de grandes puertas y ventanales, techos de teja, patios frondosos y material refractario que caracterizan la arquitectura angostureña y que por ignorancia de los gobiernos tanto regionales como locales han querido desmontar.  Toda una tecnología, si bien con influencia extraña predominantemente de forma y estilo, perfectamente adaptada e identificada con el clima, los recursos y posibilidades del medio.
         Son realidades que en el proceso de revitalización del casco urbano se ignoran o quieren suplantarse radicalmente: la temperatura con el aire acondicionado mecánico, la madera con las vigas de hierro doble T, el barro con cemento y la teja con la arcilla industrial y el manto asfáltico.
 La Angostura del Orinoco abarca aproximadamente 20 kilómetros cuadrados y conforma una geografía que comprende el Río Orinoco, sus correspondientes lagunas marginales o embalses, los accidentes topográficos de cerro y rocas adyacentes y el sitio de asentamiento de los cascos urbanos originales de Ciudad Bolívar y Soledad. 
         En una ponencia titulada "Clima y Cultura en la Angostura del Orinoco" presentada por el arquitecto Antonio Violich en un Taller patrocinado por la Facultad de Ingeniería de la UCV,  sobre criterios y técnicas de acondicionamiento climático en las edificaciones del trópico,  se entiende este  ámbito  como el escenario central de una obra que vincula al hombre con su ambiente.  Ambito natural de grandes masas de agua y aire que se aceleran al pasar entre y por encima de su roca y que son a la postre una fuerza cuantificable y aprovechable.
         Violich en su ponencia hace la explicación siguiente: La Angostura se encuentra en la Zona Neotropical con una clasificación tropical desértico que arroja promedios anuales de temperatura de 27,7§, humedad relativa de 75%, viento de este - norte de 9.1 km./hora, insolación de 8 horas día y precipitación de 983 cm/año.
         Esto conforma un microclima local variable toda vez que depende de la accidentada interrelación entre brisa, topografía y río. Este microclima es influenciado por la sobre posición de los vientos con un tramo de río y lagunas de 40 Km alimentando el sitio con un "túnel de viento cargado de humedad" que, cuando bien aprovechado, ayuda a nivelar los extremos del ciclo climático de las 24 horas donde de noche la humedad, temperatura y viento registran 95%, 22° y 1 km./hr, respectivamente y en el día invierte esta situación con cifras de 44%, 32° y 18 Km./hora respectivamente.  Sin embargo, las velocidades y direcciones puntuales del viento producidas por los cerros, rocas, construcciones y vegetación conducen a cambios específicos de calidad y confort ambiental urbano, de complejo y sutil aprovechamiento.
         La pregunta que nos hacemos es si la Oficina Técnica del Centro Histórico a la hora de planificar nuevas construcciones y adecuar antiguas edificaciones a necesidades institucionales actuales, toma en cuenta estas realidades climatológicas que tenían claras los constructores, ingenieros  y alarifes de la época pre-modernista  como puede apreciarse en la Casa de las Doce Ventanas y en la llamada Casa Wantzelius.  Creemos que no, al juzgar por la restauración y adaptación que se hizo del Capitolio para una Escuela de Artes Escénicas, la ampliación (“popa de barco” le dicen residentes de la calle Boyacá) del inmueble donde funciona la Dirección de obras Publicas, el edificio en construcción destinado a la Escuela Zea y los proyectos en discusión desautorizados por Ingeniería Municipal y la Junta Nacional del Patrimonio Histórico para un Teatro recostado del Capitolio y  un Teatrino adosado a la Casa Lauro.
         Esto ultimo que hemos citado conforma toda una problemática en el proceso de revitalización del casco angostureño y evidencia a todas luces, como dice el arquitecto Violich en su ponencia, carencia  de visión del entorno geográfico de Angostura, falta de una reglamentación y aplicación de principios bioclimaticos en la reconstrucción del Casco Histórico de Ciudad Bolívar, desconocimiento general del comportamiento térmico del conjunto de materiales de construcción, pasado y presente, utilizado en las obras de construcción, dependencia de sistemas mecánicos activos para la climatización de Aire interior con sus consecuencias y problemas de mantenimiento, costo y desarraigo cultural en el sitio, no-aprovechamiento de condiciones climáticas locales donde el frío y humedad de la noche son posibles captar para reducir el calor del día. Otro factor importantísimo ignorado en el estudio y praxis de la reconstrucción del Casco urbano angostureño es lo que el arquitecto Violich denomina "Plan Centurión", un plan que debería ser analizado como documento rector en el desarrollo regional y urbano del sitio.
         Todos sabemos que Santo Tomás de Guayana, hoy Ciudad Bolívar, fundada en 1595 como colonia española en el Delta del Orinoco, a fin de controlar el acceso a las fabulosas riquezas de El Dorado, fue mudada aguas arriba hasta su situación actual en la angostura del Orinoco en 1764 donde fungió como la última línea de defensa  de los españoles contra la piratería internacional.
         Para tal propósito y a fin de consolidar una población  que "viviera, sintiera, pensara y hablara en español", España, después de Joaquín Moreno de Mendoza que apenas estuvo 24 meses, envió por un lapso más prolongado (10 años) a Don Manuel Centurión Guerrero de Torres,  matemático y militar, egresado de la Real Academia, de reconocida capacidad profesional y con basta experiencia como Jefe de Artillería de Caracas y Jefe de Obras Militares y Civiles en Puerto Cabello.
         Centurión echó las bases de la ordenación urbana y ambiental de Angostura y dentro del mismo plan o esquema continuaron los gobernantes sucesores hasta que luego de la Guerra de independencia la ciudad se desarrolló como un importante centro de comercio internacional, gracias a su situación estratégica, cuya realidad natural y cosmopolita evolucionó en una compleja estructura social.
         Explica Violich que para esta época, Juan Bautista Dalla - Costa introdujo códigos comerciales y ordenanzas urbanas que abrieron la ciudad en forma cívica hacia el mundo a través de malecones y galerías.  Sin embargo, los cambios ocurridos en los patrones del comercio internacional en la primera mitad del siglo, así como el desarrollo de la industria petrolera venezolana, ocasionaron un deterioro en la estructura socio - económica de Ciudad Bolívar, la cual fue quedando al margen del desarrollo y del progreso económico.  El avanzado deterioro de su casco central, abandonado por los descendientes de la oligarquía que dominó durante los siglos 18 y 19 es desde hace siete años (1986) objeto de un Programa de Revitalización de incentivo regional consolidado con aportes nacional e internacional.  De hecho en la Angostura la arquitectura responde al clima de forma tan variada como ha sido la cultura de sus pobladores: el indígena en transparencia con la naturaleza, el español con el peso de las inercias térmicas, el europeo con la ventilación del calor tropical, y la cultura moderna alejándose de la climatización pasiva, empeñada en bajar temperatura y humedad mediante la comprensión mecánica activa.
La Angostura incluye  a ambas riberas del Orinoco partes de los estados Bolívar y Anzoátegui y sus respectivas poblaciones de los viejos Cascos Urbanos de Ciudad Bolívar y Soledad.  Pero sólo el casco histórico de Ciudad Bolívar está  amparado por la Ley de Protección y Conservación de Antigüedades y Obras Artísticas de la Nación (1945) y por una Ordenanza municipal especial (1986) en la cual se apoya un convenio interinstitucional, incluyendo entidades gubernamentales regionales y nacionales y el Gobierno español.  Mindur ha elaborado un Plan Rector de Ciudad Bolívar clasificando el casco histórico dentro de un Plan Especial que conlleva a la revisión de la Ordenanza existente.  Estas reglamentaciones, según Violich, no contemplan en forma directa el desarrollo y aplicación de Normas Térmicas en cuanto a su relación específica con el valor patrimonial en cuestión.
         Actualmente se ejecutan distintos tipos de obras de reconstrucción incluyendo principalmente usos institucionales como  áreas verdes y edificaciones culturales, administrativas, educativas y en menor proporción habitacionales.  El sector privado resiste las ordenanzas por cuanto afecta a un desarrollo urbano acostumbrado  a la densificación y especulación de la tierra.  En ambos sectores,  público y privado, son aislados los casos de  construcciones que toman el clima en cuenta como expresión arquitectónica.  Tanto la forma en cuanto a volumetría y orientación como el uso de materiales niegan el potencial de técnicas de acondicionamiento bioclimático.