sábado, 20 de febrero de 2016

CIUDAD bOLÍVAR VISTA POR NOTABLES VIAJEROS

Notables como el alemán Alejandro de Humboltd, el maracayero, Michelena y Rojas, el germano  Carl Gerldner, el francés  Lucien Morisse y el caraqueño Rufino Blanco Bombona, la barqisimetana Iginia Bartolomé de Álamo, que viajaron por Guayana tuvieron de la Ciudad Bolívar de los siglos diecinueve y veinte la siguIente impresión:

         Después de 75 días recorriendo 2.250 kilómetros por el Apure, Orinoco, Atabapo, Río Negro y Casiquiare, Alejandro de Humboldt y Bonpland llegaron a la Angostura del Orinoco en tiempo del gobernador don Felipe Inciarte. Tenía la ciudad 6.000 habitantes y he aquí lo que el científico escribió: “La que es hoy capital de la provincia de Guayana fue fundada en 1764, en tiempos del gobernador don Joaquín Moreno de Mendoza y su verdadero nombre es Santo Tomé de la Nueva Guayana. Pero en gracia a la brevedad, lo corriente es llamarla Angostura (paso estrecho). La ciudad esta adosada a una colina pelada, de hornablenda pizarrosa; las calles son rectas, y en su mayoría discurren en dirección paralela al río. Muchas casas están construidas sobre la roca desnuda, y aquí se cree que el aire es insano a causa de las superficies negras intensamente caldeadas por el sol. Yo considero más peligrosas las lagunas de aguas estancadas que se extienden detrás de la ciudad, hacia el sudeste. Las casas de Angostura son altas, agradables y, en su mayoría, de piedra. Este tipo de construcción demuestra que aquí nadie teme los terremotos; por desgracia, esta seguridad no se basa en el resultado de observaciones fidedignas. En la región costera de Nueva Andalucía se notan a veces violentas sacudidas, que no se propagan más allá de los llanos. En Angostura no se observó nada cuando la terrible catástrofe de Cumaná del 4 de febrero de 1797; pero cuando el gran terremoto de 1766, que asoló también aquella ciudad, se movió el suelo granítico de ambas orillas de Orinoco, hasta las cataratas de Atures y Maypures.
         Los alrededores de la ciudad Angostura presentan escasa variación; no obstante, es grandioso el panorama del río, que forma un enorme canal de dirección Sudoeste-Nordeste. En las crecidas queda inundado el muelle, y, con frecuencia, personas imprudentes son devoradas por los caimanes dentro de la misma ciudad. Muchos más seres humanos de lo que se cree en Europa sucumbe anualmente víctimas de su imprevisión y de la avidez de los reptiles. Esto ocurre, sobre todo, en los pueblos, cuyos alrededores están inundados con frecuencia. Incluso los cocodrilos establecen su morada en un mismo lugar durante largo tiempo, y cada año se vuelven más audaces, especialmente, según los indios, cuando han probado carne humana. Son tan astutos, que se hace muy difícil acabar con ellos. Una bala no atraviesa su piel, y sólo es mortal si se le da en las fauces o en la fosa axilar. Los indios, que raramente se sirven de armas de fuego, atacan al caimán con lanzas tan pronto como ha mordido un fuerte anzuelo de hierro puntiagudo, cebado con carne y atado con una cadena a un árbol. Lo acometen cuando la fiera esta cansada de sus esfuerzo por librarse del hierro que le ha clavado en la mandíbula superior.
         Cada vez que, en años calurosos y húmedos, se declaran en Angostura fiebres malignas, vuelve a plantearse la cuestión de si el gobierno obró bien trasladar aquí la ciudad Vieja Guayana. Se afirma que la antigua capital, más cercana al mar, es favorecida por los vientos frescos procedentes del océano, y que la elevada mortalidad que en ella se registra, no debe atribuirse tanto a las condiciones locales como al modo de vida de los habitantes.
         Las bocas del Orinoco tienen algo que las favorece más que a todos los puertos de Tierra Firme: desde ellas, son más rápidas las comunicaciones con la Península Hispánica. A veces se efectúa la travesía desde Cádiz a Punta Barima en 18 a 20 días, y la de regreso, en 30 a 35. Como estas bocas se hallan a sotavento de todas las islas, los barcos de Angostura pueden realizar un ventajoso tráfico con las colonias de las Antillas, más que Guaira y Puerto Cabello. Por eso los comerciantes de Caracas miran siempre con envidia los progresos de la industria de la Guayana española, y como Caracas fue hasta ahora la sede suprema de las autoridades gubernamentales, el puerto de Angostura fue menos favorecido que los de Cumaná y Nueva Barcelona. La actividad máxima del tráfico interior es con la provincia de Barinas, de la cual se envían a Angostura mulos. cacao, añil, algodón y azúcar, a cambio de <<géneros>>, es decir, productos europeos manufacturados. La pequeña ciudad de San Fernando de Apure sirve de puerto de depósito en este intercambio fluvial, que puede cobrar mayor importancia con la navegación a vapor”.
  
         El diplomático, viajero y periodista Francisco Michelena y Rojas, en el relato de su expedición oficial hecha en 1856 por el Orinoco, el Meta,  Río Negro, Amazonas y el Atlántico, la describió así al detenerse en ella: “La ciudad se halla situada á un regular declivio, bastante para hacerla parecer en anfiteatro y aprovechar los vientos que la refrescan periódicamente; tiene además la colina sobre que está construida bastante base para extenderse a las márgenes del río, como se está haciendo al E. de la ciudad, no sólo frente á la hermosa Alameda, compuesta de los más frondosos árboles tropicales, que se  prolonga a gran distancia en toda la orilla, sino también continuando, como hasta ahora, á cegar una pequeña laguna que existe frente al paseo mismo; terreno conquistado para extenderse la ciudad en aquella dirección, á la vez que se removería el único origen inmediato de las fiebres que atacan de tiempo en tiempo al pueblo menesteroso. Cuando esto suceda, que será muy pronto, pues los trabajos se hallaban muy adelantados cuando visitamos la ciudad, Ciudad Bolívar será uno de los mejores climas de la República y una de las más agradables residencias. En esa colina las principales calles descienden al río de S. á N.; en su vértice se encuentra la plaza principal rodeada de regulares edificios, entre ellos la Iglesia catedral, aseada y de buen gusto, y el colegio nacional, que además de llenar satisfactoriamente las necesidades de la escasa población, tiene el mérito de haber servido para la instalación del segundo Congreso de Venezuela, en circunstancias que casi todo el país de hallaba ocupado por los Españoles, la que tuvo lugar el 15 de Febrero de 1819, 9 años después de hecha la declaración de la independencia. Allí fue también en donde los representantes de Venezuela y N. Granada, crearon y oficialmente anunciaron al mundo la existencia política de Colombia. ¡Con cuanto entusiasmo como orgullo escribiríamos estas líneas, como lo hacen nuestros amigos políticos del N. América, si á los esfuerzos de nuestros padres, como sucedió con los de aquellos, hubieran correspondido los resultados obtenidos hasta ahora ¡Quisiera la Providencia dar á los nuevos hombres, hoy en el poder, la cordura que faltó a los anteriores, y al pueblo, el patriotismo necesario para que ambos levanten al país de las postración en que se encuentra por nuestras disensiones domésticas!
         Dijimos que las calles principales corrían al río de S. á N., pero también están interceptados en ángulos rectos por otras E. O., de no menos mérito, y entre estas, la gran calle paralela al río, en donde se hacen todos los negocios de comercio. Pocas ciudades  hay en el mundo, muy pocas, tan bien situadas, á orillas de un majestuoso río, en su misma orilla, sin que sobresalten temores de una inundación, y que pueda embarcarse á bordo de un navío de línea sin más que atravesar los 20 pasos de calle que lo separan del buque; tampoco habrán muy pocas calles, en un clima cálido como Angostura, en donde sus habitantes se paseen ó hagan á cubierto sus transacciones comerciales debajo de galerías espaciosas, cómodas y elegantes; y si quisiese más fresco, los dos rangos de copados árboles de La Alameda satisfarían ampliamente sus deseos. En lo general, la ciudad es bonita, aseada, bien empedrada, y las aceras enladrilladas. Hay muy buenas casas, y algunas mejores que las mejores de la capital de la República.
         O la policía en muy bien hecha, ó la población es muy bien inclinada, porque no se ven robos ni desmanes de otra naturaleza: muchos de los presos vienen de otras provincias á purgar sus sentencias en las cárceles.
         En estos últimos años, la educación pública ha mejorado bastante: existe un colegio que contiene á la vez los tres grados de instrucción: elemental, secundaria y científica; y habiendo vivido en el en las veces que visité aquella ciudad, me complazco en asegurar que tal establecimiento como su rector (el Sr. Mantilla), hacen honor a la provincia. La alta instrucción estaba reducida solamente á la lectura de la medicina y cirugía, cuyo profesor, el  Dr. Plazar, generosamente, no sólo renunciaba entonces á su estipendio, sino que dotó a la clase que regentaba de un gabinete anatómico. El estudio de las ciencias matemáticas, en todas sus partes, era también de nueva creación, bajo la dirección del mismo rector Mantilla y el Sr. Olegario Meneces.
         Tan importante establecimiento literario, tiene elementos para llegar al grado de perfeccionamiento deseado; pues tiene rentas deficientes, y más que suficientes, con las fincas que posee, ó más bien con el usufructo de los terrenos baldíos de Upata, sobre que están fundados todos los hatos de ganado existentes en todos los que antes se denominaban “de las misiones”; rentas asignadas por el general Bolívar, con ese solo objeto, el de promover la instrucción pública. Pero desgraciadamente, las rentas del colegio han estado siempre muy mal administradas, llegando al grado de no entrar en sus arcas sino 3.000 pesos anuales; y aún en cierta ocasión, siendo acreedor el colegio por la suma de 3.000 pesos á una testamentaria, por razón de arrendamiento en las tierras de un hato, se sacó á remate el hato; el gobernador representaba los intereses del colegio, todo se arregló de modo que no hubiese mayor postor; y habiéndole sido adjudicado al colegio, el gobernador le dio los 3.000 pesos á este, y se quedó con el hato, que dicen valía 40.000 pesos. A poco de esta sucia transacción llegué á Upata, en donde me fue referido como un escándalo poco común; y que ha quedado impune.
         Volvamos a la Alameda para hacer ver en ella un lugar muy interesante en todo país civilizado, el de abasto para la ciudad. Este edificio, el cuarto en su género en toda la República, armoniza bien con el grado de civilización y progreso de esta ciudad. Entre la Alameda y el río, sobre un terreno rocalloso que se avanza á aquel en forma de cabo, y por supuesto abordable por todas partes por las embarcaciones menores cargadas de provisiones, se encuentra situado el mercado formando un semicírculo, cuya base frente paseo está adornada con una gran baranda ó verja de hierro. A este mercado, pues, llegan víveres de toda naturaleza y en abundancia, no solo de Cumaná y Barcelona, que están á la otra banda del río, sino del Meta viniendo de Casanare, del Apure y aún de provincias más distantes. Tal es la admirable hidrografía de Venezuela, por la cual aquella ciudad está en contacto con casi todas sus provincias.

         Carl Gerldner, joven germano llegado a estas tierras, dice en su libro bilingüe (alemán-español) “Anotaciones de un viaje por Venezuela”, editado por la Asociación de Cultura Humboldt, que Ciudad Bolívar para 1868, carecía de hoteles. Tan sólo una casa por alojamiento regentada por un alemán de nombre August, pero estaba completamente ocupada, por lo que tuvo que valerse de una carta de recomendación para los señores Blohm, Krohn & Cía, en cuya casa hermana Blohm, Nölting & Cía había trabajado en La Guaira. El gerente del negocio los recibió amablemente y le brindó alojamiento confortable.
         En Angostura imperaba la costumbre de que los empleados de un comercio vivían en la casa de su superior y también eran alimentados por él, estableciéndose de esta manera una relación más estrecha con el negocio y la familia.
         El mismo día, Carl pudo observar el colorido movimiento en la orilla del Orinoco. Las lavanderas hablando y riendo, paradas en el agua hasta las pantorrillas y paleando la ropa contra la roca para sacarle el sucio. Balandras, lanchas y grandes botes de 40 a 50 toneladas cubriendo la ruta Apure y Barinas, transportando algodón, café, cacao, ron, papelón, pieles de ciervos y tabaco así como la ruta del Alto Orinoco con productos como bálsamo de Copaiba, aceite de carapa, habas de Tonga, chinchorros, totumas, cestas y casabe.
         El alemán queda impresionado de los indios que llegan a la orilla del río a canjear sus productos por herramientas agrícolas, fusiles, pólvora y plomo. Los llama camaradas silenciosos, dotados de un gran impulso nómada, gente que nunca abandona su severidad estoica y jamás brindan una sonrisa y mucho menos una risa. Observa también su nivel de inteligencia que considera superior al hombre de raza negra y con una gran capacidad de adaptación al mundo civilizado.
         Los deslumbran las galerías porticadas del Paseo Orinoco, sus columnas, balcones y celosías, donde transcurre la gran actividad comercial y una comunidad muy abigarrada de damas de mucho colorido vendiendo frutas, arepas, tortillas de coco y otras especialidades muy apetecidas por los trabajadores del río.
         Viaja con su hermano Max a las minas de El Callao y embarca en un vapor, con cuatro burros comprados en Soledad, cargados de herramientas y alimentos. Navegan sobre cubierta junto con otros representantes del reino animal, entre cajas, barriles, sillas de carga y en medio de ese abigarramiento de seres y de cosas fondean en Puerto de Tablas ya avanzada la noche. El desembarque fue sumamente angustioso. Los marineros tenían que echarse los pasajeros al hombro en una noche oscura con iluminación, sin nada parecido a una lámpara y bajo amenaza de lluvia, con el equipaje arrojado en la orilla en un desorden indescriptible. A bordo venían otros once burros de un grupo de franceses, españoles y generales para un total de quince y todos fueron empujados al agua desde la borda para que instintivamente llegaran a la orilla al encuentro de sus amos. Carl y Max no podían identificar, para asegurarlos aquellos rucios llegados en tropel. Les era sumamente difícil en una noche tan oscura como aquella. Al fin, por descarte, lograron a duras penas frenar el descarrío de los orejas largas, pero cincharlos, asegurarles las sillas y cargarlos fue toda una empresa desesperante, más porque los asnos no estaban domesticados y luego porque sus dueños carecían de experiencia. Al final tuvieron que pagar a dos sonrientes y pícaros observadores para que los sacaran del apuro y poder vencer las 50 leguas que distancia a Puerto de Tablas de Nueva Providencia por una vía que más que camino era como una trocha, pues para entonces en Guayana no había caminos y nada se hacía para construirlos, menos se conocían puentes y las quebradas, ríos y riachuelos se vadeaban con el agua a la cintura o embarcados en curiaras.
         Carl en su libro de gran formato, 364 páginas (50 mil bolívares), dice que después de haber caminado un largo rato desde que partieron, esperaban ver en cualquier momento al pueblo de San Félix, el cual figuraba en sus mapas de viajeros, pero éste no se veía por ninguna parte. Más tarde supieron que esa población “había sido destruida por completo durante la guerra de independencia y jamás fue reconstruida”.

Lucien Morisse, botánico y geólogo francés, comisionado por el gobierno de su país, realizó tres excursiones científicas a territorio venezolano y en la última -1894- practicó un estudio geológico de Guayana, en especial de la región aurífera del Yuruari y  mientras se aproximaba a Ciudad Bolívar la describió así:  “Hacia las seis Ciudad Bolívar se perfiló con donaire en el horizonte de púrpura y oro, blanca sobre su colina negra y lustrosa de rocas plutónicas, enteramente escalonada y estructurada alrededor de la Catedral construida en la ladera de un peñasco en el centro. La alta torre encalada de esta iglesia metropolitana domina y parece proteger las casas, cubos escalonados al estilo moro, que se explayan a su alrededor en cascadas de ladrillos blanqueados con cal. Ya había caído la noche cuando llegamos, hacía las siete. El barco acababa de recibir de Fort de France calderas nuevas, de modo que llegamos muy a tiempo, pese a la fuerza de la corriente que tenía que remontar.
         Ciudad Bolívar fue construida por los españoles en la margen derecha del Orinoco; enfrente, en la margen izquierda está el pequeño pueblo de Soledad, cabeza de un Camino real de unos cientos de Kilómetros que llega a Barcelona, puerto del mar Caribe. Precisamente en Soledad, Julio Verne, anticipándose en un siglo, hace que sus héroes de El Soberbio Orinoco, tomen el ferrocarril para Caracas.
         La alta colina, en cuya vertiente occidental se extiende la ciudad, domina el gran río en el punto más estrecho de su recorrido, es decir, ochocientos metros de ancho entre Bolívar y Soledad; por eso los españoles llamaron a ésta ciudad Angostura.
         Tal configuración había impuesto este emplazamiento por encima de cualquier otro por la disposición de la montaña de cara el río, prolongándose del otro lado una amplía meseta sobre la cual la ciudad termina de esparcirse, y también por la estrechez del río en este punto. Estos dos factores hacen de la ciudad una plaza muy fácil de defender. Actualmente Ciudad Bolívar, situada como está, no tiene razón de existir. A cuatrocientos cincuenta Kilómetros de Las Tablas, esta demasiado lejos del centro minero y de las ricas selvas de caucho del Delta, de Piacoa, del Imataca; de La Paragua y del Caroní; es decir, demasiado lejos de la parte baja del río.
         En lo referente al río medio y alto, está a trescientos Kilómetros del Caura, a cuatrocientos cincuenta kilómetros de los vastos y fértiles valles del Apure y del Arauca, es decir, la inmensa región de los llanos, hacía La Urbana.
         Está a quinientos kilómetros del  río Meta, que conduce hasta el corazón de Colombia.  A  setecientos kilómetros del Atures, primer gran salto del Orinoco.
         Ciudad Bolívar, mal situada, alejada de todo y no en un centro donde el comercio, la industria y la agricultura explican y justifican la presencia de una capital, está llamada a desaparecer, o más bien a desplazarse, quizá a desdoblarse en dos otras ciudades:
Las Tablas hacia el mar y La Urbana a la entrada del Alto Orinoco, cuando la vida moderna, industrial y comercial cree en el Orinoco una serie de intercambios con el Nuevo y el Viejo Continente.
         Por el momento, la vida, la fisonomía de la Ciudad, han seguido siendo lo que fueron hace cien años. La industria no existe y los procedimientos comerciales no han variado para nada.
         Debido a su situación tierra adentro, que exige un trasbordo en Trinidad, Ciudad Bolívar, dotada de un flotilla bastante insuficiente aun para las necesidades actuales e incapaz de asegurar más de una vez por quincena las comunicaciones y las transacciones con el resto del mundo, ha escapado completamente al gran movimiento que arrastra a los pueblos contemporáneos al éxodo hacía las regiones ricas y nuevas.
          
El escritor Rufino Blanco Bombona cuando en 1905 llegó por primea vez a bordo de un barco a Ciudad Bolívar  con destino a la Gobernación de San Fernando de Atabapo, tuvo la siguiente impresión, luego de cinco días de navegación, primero costeando el Oriente de Venezuela y luego el Orinoco:  “Amanecimos una mañana frente a Ciudad Bolívar. La capital de nuestra Guayana, vista desde a bordo, en la bruma del amanecer, con sus torres blancas, sus casas blancas, sus contornos áridos y en el fondo una pirámide berroqueña, aparecía en el horizonte, acurrucada sobre una roca, a orillas del famoso Río.
         El buque se va acercando lentamente. La Ciudad, coronada de azotes, se divisa mejor. Parece una ciudad árabe; y hasta me recuerda vagamente, sin que sepa cómo el panorama de Jerusalén, visto no sé cuándo, no se donde.
         Aquella ciudad, a la que veía por primera vez, evocada en mi espíritu recuerdos patrióticos. Allí se combatió con rudeza por la nacionalidad. Allí se fusiló a Piar en 1817. Allí se fundó la Gran Colombia, en 1819. A  la belleza del paisaje se reunía la belleza de la historia. Pisé tierra bajo los más gratos auspicios.
         La estada fue prolongándose, sin pensarlo ni quererlo, en los preparativos de una internación en las soledades del Alto Orinoco. Tuvimos que lamentar una desgracia con que se iniciaba la expedición, siendo la primera salpicadura roja de esta odisea que iba acabar en sangre. Arvelo-Larriva, que debía juntarse con nosotros en Ciudad Bolívar para acompañarnos al Territorio, de que ya era conocedor, tuvo un lance personal con el propietario del Hotel dando gritos y amenazándonos a todos. A duras penas pudimos salvar a nuestro compañero y salvarnos nosotros mismos de garras enfurecidas del populacho”.

La escritora Iginia Bartolomé, esposa del doctor Antonio Álamo, historiador, abogado y político, presidente del Estado Bolívar en 1933-35,  escribió esta bella estampa de la ciudad en la revista local “Alondra” de Anita Ramírez:
“Ciudad Bolívar  esta fabricada en una pequeña colina, y vista de lejos me recuerda a Quintamar de la Sierra.  Esta condición topográfica hace que las calles suban y bajen por todos lados, y la ondulación se comunique a techos y azoteas, pues no hay dos al mismo nivel y tal irregularidad resulta pintoresca.  No hay la monotonía de las modernas ciudades tiradas a cordel, siempre llenas, siempre iguales, sino que lo imprevisto, sale cada momento al paso.
Casas de balcones sin tener dos pisos,  grandes muros  y  viviendas que parecen
fortalezas circundadas como están de barrancos o peñones.  Puede decirse que ésta es la ciudad de las azoteas; casi todas las casas rematan en esta forma y son mucho menos frecuentes los tejados.  Azoteas españolas de ladrillos, fuertes, sólidas y así  son las paredes y la construcción.  Las fachadas son imponentes, severas, pesadas, con sus grandes ventanas, con sus balcones corridos, con esa austeridad y firmeza que habla de los tiempos en que se fabricaba con calma, a conciencia sin apuros, ni apremios, porque la vida era lenta, tranquila, reposada, y con toda parsimonia podían fabricarse paredes de más de medio metro de espesor, ventana, puertas y barandales, con talladuras minuciosas, fachadas barrocas, con el amontonamiento de adornos y molduras y pisos sembrados de huesos o de diminutos ladrillos en caprichosas combinaciones.  Muchas de estas cosas hay en Ciudad Bolívar y por ello tiene cierto aspecto grave y reposado de antigua ciudad colonial.  No ha entrado aún la levedad moderna con sus delgadas paredes de adoboncitos y bloques de cemento armado, con sus platabandas de cemento, sus armaduras de hierro, sus luces y rejas lisas, sin minuciosidades, escuetas de detalles y que hablan del apuro del siglo enfermo de impaciencia y rapidez”


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