lunes, 22 de febrero de 2016

RELATO SOBRE EL FUSILAMIENTO DE PIAR


Desde el movimiento emancipador de Gual y España en 1789 hasta la Toma de Angostura en 1817, el invicto del General en Jefe Manuel Piar no había sido malogrado sino por dos derrotas, ambas un 16 de Octubre: La derrota sufrida en El Salado de Cumaná frente a las huestes del urogallo José Tomás  Boves y la de la Plaza Mayor de Angostura cuando fue pasado por las armas decidido por un Consejo de Guerra que lo halló culpable de los delitos de desobediencia, deserción y conspiración
         La sentencia la recibió de rodillas 18 días después de haber sido aprehendido en su campamento de Aragua de Maturín por una tropa de carabineros y trasladado a lomo de mula a la Angostura del Orinoco, donde quedó cautivo mientras durara el proceso militar a que fue sometido por instrucciones del Libertador.
         Aquellos días en cautiverio los experimentó como los más largos de su vida de guerrero y trataba de acortarlos con el filo oscuro de la sangría que solícitamente le preparaba su guardián Juan José Conde pero jamás pudo la bebida sino la misma sentencia que arrodillado escuchó de los labios del oficial  José Ignacio Pulido.
Al terminar la lectura de la sentencia, se levantó apoyado de la mano del Capitán Conde, y preso de frenesí comenzó a gritar por toda la sala ¡Inocente! ¡Inocente! ¡Inocente!  Se rasgó la camisa y arrojó la lente que usaba de costumbre colgada al cuello.  Al arrojarse en seguida a la hamaca, trastabilló y cayó en tierra.  El Capitán lo levantó y le dijo:
         -Qué es eso, General! ¿Olvida usted quién es?  El hombre nació para morir, sea cual fuere el modo que la suerte le depare.  Conformémonos pues.
         Piar cerró los ojos y quedó inmóvil como en una especie de sopor.  Después de media hora se levantó y dijo:
         -Capitán Conde, no crea usted ni lo comente, que lo ocurrido sea expresión de debilidad.  No es cobardía, es solo efecto de lo que ha debido sufrir mi corazón al oír esa bárbara sentencia, jamás creí que mis compañeros de armas me sentenciaran a muerte, y lo más doloroso, ejecutarme en esta plaza liberada por mi espada…Pero en fin...ya todo se acabó...Estoy resuelto a tragar la cicuta  Mándeme a llamar a mi edecán Jorge Melean.
         El Capitán quiso antes entregarle la lente que había recogido del suelo, pero se negó a aceptarlo diciendo:
         -Quédese con ella, Capitán, pues siendo usted medio ciego, podrá serle útil.
         Después de un corto paseo que dio por la sala, le dijo al Capitán:
         -Yo no estoy degradado y supuesto que es usted el oficial que ha de conducirme, ¿me permitirá mande yo la escolta que ha de ejecutarme?
         -No se si eso puede serme permitido.
         -Y ¿por qué no?  Solicítelo usted del Jefe Supremo.
         Así lo hizo el Capitán Juan José Conde, pero el General Anzoátegui y el Comandante Francisco Conde le hicieron saber que no debía permitírselo.
         Al ponerlo en conocimiento de esto e informarle que Jorge Melean no se hallaba en la ciudad, Piar le fijó la vista como espantado, desde la silla donde se hallaba sentado con la cabeza sobre el brazo derecho apoyado en la mesa  donde momentos antes habían colocado un Crucifijo de la Catedral.
         Creyendo que ya era el momento oportuno, el Capitán le preguntó si quería que le llamase algún sacerdote?
         -Déjese usted de eso ahora.
         Luego se levantó y fijos los ojos en el Crucifijo, exclamó:
         -Hombre salvador, esta tarde estaré contigo en tu mansión.  Ella es la de los justos.  Allá no hay intriga, no hay falsos amigos, no hay alevosos... A ti los judíos te crucificaron , tú mismo sabes por qué, y yo...y yo...por simplón voy a ser fusilado esta tarde.  Tú redimiste al hombre, y yo liberté a este pueblo ¡Qué coincidencia!
         Y dirigiéndose al Capitán, le dijo:
         -Capitán Conde, yo habré sido, no lo dudo, fuerte en reprender a mis subalternos; pero ¿cuál es el que mande que no tenga sus actos de arrebato?  Mas, en mi interior jamás he guardado ningún rencor, mi corazón nunca ha sido malo como los que me han vendido y condenado.  Yo los perdono, y también pido perdón a usted por las impertinencias que de mi haya sufrido.
         Traído el almuerzo, nada le apeteció.  Sólo de cuando en cuando pedía sangría.  Como a las once y media, tomando una esclavina que usaba, le dijo al Capitán:
         -No tengo un grande uniforme que ponerme para morir como Ney, pero me basta esta esclavina –y poniéndosela, preguntó: ¿Qué le parece, Capitán?
         -Déjese de eso por Dios, General.  Piense sólo en su alma.
         -Dice usted bien Conde, que venga el Provisor porque ese viejo me parece ser hombre de los más racionales de su oficio.
         Vino pronto el Prelado, lo confesó y se retiró meditando con la mano derecha en el pecho.  Piar, entonces, le encargó al Capitán le avisase cuando fuese la hora y éste a las cinco, le dijo:
         -Es la hora, General!
         Sin decir palabra, el General tomó el Crucifijo, se hincó, rezó y lo besó.  El Provisor que no se había ido lo acompañó hasta la puerta de la calle donde volvió a hincarse, oró de nuevo, entregó el Crucifijo y marchando sereno hacia la muerte pronunció su última frase:
         -¿Con que no me permiten mandar la escolta?
          Llegado al lugar indicado, al pie de la bandera del Batallón de Honor, oyó de nuevo la sentencia, pero esta vez con aire despreciativo, hundida de costumbre la mano en el bolsillo, moviendo el pie derecho y girando su mirada sobre el paisaje humano.
         El Capitán Conde trataba de colocarle una venda que arrebataba y lanzaba al suelo.  A la tercera vez, el General Manuel Piar no insistió sino que abrió su esclavina y el pelotón de fusileros pudo disparar directo al pecho descubierto.
En la plaza de Angostura, a 16 de octubre de 1917.-7º.-Yo el infrascrito Secretario, doy fe que en virtud de la sentencia de ser pasado por las armas, dada por el Consejo de Guerra, S. E. el Gral. Manuel Piar, y aprobada por S. E. el Jefe Supremo, se le condujo en buena custodia dicho día a la plaza de esta ciudad, en donde se hallaba el señor general Carlos Soublette, Juez Fiscal, de este proceso, y estaban formadas las tropas para la ejecución de la sentencia, y habiéndose publicado el bando por el señor Juez Fiscal, según previenen las ordenanzas, puesto el reo de rodillas delante de la bandera y leídosele por mí la sentencia en alta voz, se pasó por las armas a dicho señor General Manuel Piar, en cumplimiento de ella, a las 5 de la tarde del referido día; delante de cuyo cadáver desfilaron en columna las tropas que se hallaban presentes, y llevaron luego a enterrar al cementerio de esta ciudad donde queda enterrado; y para que conste por diligencia lo firmó dicho señor con el presente Secretario .--- Carlos Soublette.—Ante mí, J. Ignacio Pulido, Secretario.      
         Allí en la Plaza Mayor de Angostura sobre la tierra húmeda y musgosa de la tarde quedó tendido con todas sus cualidades y defectos el Héroe de Chirica, tal como lo describió después su oficial de guardia:   de regular estatura, ojos azules, barbilampiño, tez  rosada, imaginación e ingenio vivos.  Valiente y emprendedor, poco aplicado a la disciplina militar.  Fuerte en sus opiniones, en las que siempre quería prevalecer.  Los trasportes de su genio le hacían frecuentemente reprender con acrimonia, pero fácil luego en apaciguarse, llegando a veces hasta pedir perdón al subalterno a quien creyó ofender. Sincero, afable y cortés en sus modales.  Solía entretenerse con algunas obras de historia.  Era afortunado a la par que valiente y sólo una vez fue derrotado.

         El  “cementerio de esta ciudad” a que se refiere el acta de ejecución, era un sitio que más que cementerio propiamente concebido, parecía un corral cercado con “cardones de España”, muy verdes y prolijamente enrevesados.  Por eso el pueblo lo llamaba “Cementerio del cardonal”.

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