jueves, 11 de febrero de 2016

EL BAOBAB de ciudad Bolívar

Oriundo de las mesetas del África donde también abunda la ornamental Acacia, fue cultivado en Ciudad Bolívar en 1909 para ablandar los efectos perniciosos de la malaria, gracias al doctor Félix R. Pez y a su amigo el extinto comerciante Carlos Palazzi von Büren.

Las simientes expresamente encargadas a una Casa de París, Carlos Palazzi von Büren las sembró en los cuencos de un bambú.  Germinaron tres, asombrosamente bien, y luego que las plantas progresaron lo suficiente fueron trasplantadas: una en el Paseo San Antonio; otra en el sector de Santa Lucía y la tercera en zona de la Cruz Verde. Ya no existen, sólo un hijo de estaca en la avenida Táchira y varios nietos.
Carlos Palazzi, nacido en Ciudad Bolivar en 1879 y fallecido el 20 de febrero de 1926, era uno de los socios de la Casa Palazzi & Hermanos, casado con Matilde von Büren Barquero, padres de Merizo, Carlito, Leonel y el ingeniero Mario Palazzi von Büren, profesor de la UDO y ex director del INOS.
Carlos Palazzi era aficionado a la floricultura, cultivaba en su jardín variedad de flores, entre ellas, rosas, dalias y gladiolas que solía regalar a sus amistades. Un buen día de 1909, por insinuación del médico especialista en enfermedades tropicales, Félix Rafael Páez, se le ocurrió traer de París, donde había estudiado bachillerato, varias semillas del Baobab,  árbol al que se le atribuyen ciertas propiedades medicinales contra la malaria.  Las simientes fueron procuradas por la Casa Villemorin Andreux con la cual mantenía relaciones comerciales.  Las sembró en cuencos de bambúes y a los pocos días despuntaron  los tres primeros Baobabs  conocidos en Venezuela.
Una planta tan gigantesca que en África llega alcanzar hasta 20 metros de altura y 9 metros de diámetro, no podía sembrarlo Palazzi en el estrecho patio de su casa, de manera que optó por entregar las tres plantitas a su amigo Félix R. Páez, médico que junto con el nombre de José Ángel Ruiz calza  el Hospital Universitario de Ciudad Bolívar.
Félix R. Páez, graduado de doctor en medicina en el Colegio Universitario de Guayana en 1890, fue director del Hospital Ruiz y Mercedes durante 30 años, vivía y tenía su consultorio en la calle Venezuela y se especializó en Londres y París en el tratamiento de las enfermedades propias de los países tropicales como paludismo, disentería, beriberi  y enfermedades venéreas.  Fue miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina y en 1944, a raíz de su muerte, el Consejo Municipal acordó sustituir el nombre del Hospital las Mercedes por el suyo.
Celoso de las exóticas plantitas que lo ayudarían en el tratamiento del paludismo y otras enfermedades,  Félix R. Páez las puso al cuidado de su amiga Mercedes Grau y ya cuando estaban suficientemente formadas como para ser trasplantadas en ambiente apropiado, el médico se las encomendó a su tío Remigio Páez, quien formaba parte, en calidad de presidente,  de la Junta Administradora del Hospital Ruiz y Mercedes junto con Luis Machado Pedrique, Fretz Kühn, José Afanador, R. Henderson y el bachiller Ernesto Sifontes.
Don Remigio y su sobrino el doctor Félix R. Páez, con la ayuda de Pedro Lucas Luna y Andrés Maestracci, trasplantaron la primera en una zona de Los Morichales (Cruz Verde) y se ocuparon de regarla y cuidarla durante los primeros años.  La segunda en el Paseo San Antonio (Moreno de Mendoza), justo en el sitio frente al inmueble donde funcionó el Cine Plaza y la tercera en el sector de Santa Lucía en una parte alta entre la hoy calle Caracas y avenida 19 de Abril.
         Sobrevivió hasta 1955 que la sacó de raíz un vendaval, la del Paseo San Antonio.  Las otras desaparecieron con anterioridad, no pudieron sobrevivir a la inclemencia del desarrollo que a la hora de urbanizar  poco le importa los  árboles  útiles, o  monumentales como los de la familia bombacaceae a la cual pertenecen, además del Baobab, el Castaño, la Morea y la Ceiba, todos de notable presencia en Ciudad Bolívar, particularmente la Ceiba que es el  árbol que más acentúa su parentesco con el Boabac.
El vendaval de 1955 no acabó definitivamente con el Baobab del Paseo San Antonio  pues perito del Ministerio de Agricultura y Cría lo seccionaron para sembrar tronco y  ramas en varios puntos de la ciudad, pero sólo clonó favorablemente el que hoy todo el mundo contempla al pasar por la avenida Táchira, justo frente a la casa de los von Büren, quienes siempre se han esmerado por cuidarlo.
Pero el Baobab de la avenida Táchira, no obstante haberse desarrollado favorablemente, se quedaba en la floración, nunca sus frutos cuajaban, hasta que un día los esposos Antonio Martínez y Ana von Büren, hermana del doctor Paúl von Büren, resolvieron polenizar artificialmente las flores del propio  árbol, fructificando de esta manera por primera vez.  De ésta fructificación resultaron las semillas germinadas en robustos nietos y que el doctor Leandro Aristeguieta rescató para el Jardín Botánico del Orinoco en el Fundo Mata Negra de Raúl Martínez von Büren.  Por otro lado se le cortaron ramas para varias clonaciones, dos de las cuales han progresado favorablemente.  Tales nietos de estacas y semillas se localizan, uno en el césped del edificio de la CVG en Ciudad Bolívar y cuatro en el Jardín Botánico del Orinoco.
         El Baobab es tan longevo como la Secoya,  árbol milenario localizado en California, pero de una altura impresionante.  La del Baobab se estima entre 10 y 20 metros apenas pero su tronco suele acusar un diámetro hasta de nueve metros.  Sus ramas son bastante largas.  Los negros africanos utilizan  las hojas como emolientes y de la pulpa del fruto preparan bebidas refrigerantes que utilizan para la curación de la disentería y las fiebres palúdicas.  El fruto llamado comúnmente pan de mono, es comestible y de un sabor agrio y agradable.  La madera es blanca, liviana y blanda.  Algunas tribus de la costa occidental del África cuelgan en el interior ahuecado de los troncos a los muertos que durante su vida llevaron una vida deshonrosa.
Antonio de Saint Exupéry era un piloto francés de novelas y aventuras.  Llevó a cabo los raides entre París - Saigón y Nueva York - Tierra del Fuego.  Tras la ocupación de su patria en 1940 por los alemanes, se sumó a las tropas de liberación del General Charles De Gaulle, pero pereció al ser abatido su avión cuando hacía vuelos de reconocimiento sobre la Francia meridional.  Días antes había escrito a su esposa Consuelo que vivía en Nueva York en un apartamento comprado a la actriz Greta Garbo: "Haré siete salidas más y luego iré‚ a reunirme contigo en América".  Ya había escrito Piloto de Guerra, Vuelo Nocturno, Ciudadela Sombría y, El Principito, donde hay un capítulo inspirado en los enormes Baobabs contemplados por él sobre mesetas en uno de sus vuelos por el África ecuatorial francesa.
Aquellos  árboles altos y corpulentos que perforaban con sus raíces mesetas que parecían pequeños planetas flotando sobre la selva del Continente Negro, eran buen tema para un cuento posiblemente para grandes y chicos, conectado con algunas propias vivencias de su infancia. 
Se imaginó un pequeño planeta, que al final fue un asteroide, que tenía como único habitante a ese Principito que él pintó y describió en su libro descendiendo con una esgrima de preguntas que interrumpían su trabajo de Piloto accidentado en medio del desierto de Sahara, apenas con una reserva de agua para ocho días y a mil millas de todo lugar habitado.
Luego del cuento de la boa, el elefante y el sombrero que siempre fue un enigma para los adultos, menos para aquel Principito que deseaba y obtuvo un cordero para su pequeño planeta, el Piloto se enteró del drama de los Baobabs.  Sus semillas estaban infectando al pequeño planeta de El Principito y el gran interés de éste por el cordero apuntaba precisamente hacia la eliminación de esa mala hierba tan pronto comenzara a despertar:
         Al tercer día me enteré del drama de los baobabs.  Fue aún gracias al cordero, pues el principito me interrogó bruscamente, como asaltado por una grave duda:
- ¿Es verdad, no es cierto, que a los corderos les gusta comer arbustos?
- Sí.  Es verdad.
- ¡Ah! ­ ¡Qué contento estoy!
No comprendí porque era tan importante que los corderos comiesen arbustos.  Pero el principito agregó:
-¿De manera que comen también baobabs?
Hice notar al principito que los baobabs no son arbustos, sino  árboles grandes como iglesias y que aún si llevara con él toda una tropa de elefantes, la tropa no acabaría con un solo baobab.
         La idea de la tropa de elefantes hizo reír al principito:
- Habría que ponerlos unos sobre otros...
         Y observó sabiamente:
- Los baobabs, antes de crecer, comienzan por ser pequeños.
- ¡Es cierto! Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman baobabs pequeños?
Me contestó: ­ ¡Bueno! ­ ¡Vamos! Como si ahí estuviera la prueba.  Y necesité‚ un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí mismo el problema.
         En efecto, en el planeta del principito, como en todos los planetas, había hierbas buenas y hierbas malas.  Como resultado de buenas semillas de buenas hierbas y malas semillas de malas hierbas.  Pero las semillas son invisibles.  Duermen en el secreto de la tierra hasta que a una de ellas se le ocurre despertarse.  Entonces se estira y, tímidamente al comienzo, crece hacia el sol una encantadora briznilla inofensiva.  Si se trata de una planta mala, debe arrancarse la planta inmediatamente, en cuanto se ha podido reconocerla.  Había, pues, semillas terribles en el planeta del principito.  Eran las semillas de los baobabs.  El suelo del planeta estaba infestado.  Y si un baobab no se arranca a tiempo, ya no es posible desembarazarse de él.  Invade todo el planeta.  Lo perfora con sus raíces.  Y si el planeta es demasiado pequeño y si los baobabs son demasiado numerosos, lo hacen estallar.
Seguramente cuando Antonio de Saint Exupéry escribió su precioso  cuento, ignoraba la utilidad de ese  árbol y lo beneficioso que ha sido para la salud de muchos enfermos de malaria.  Y es raro porque en Francia donde él nació en 1900 fue donde el médico bolivarense Félix Rafael Páez, se enteró de las propiedades medicinales de sus hojas y  frutos.  Por eso se puso de acuerdo con Carlos Palazzi para que el  árbol no fuese sólo propiedad exclusiva de las mesetas africanas sino de estas tierras del Orinoco donde la malaria no ha podido ceder ni con la vacuna del científico colombiano Manuel Elkin Patarroyo.  De todas formas, el agrio fruto del baobab jamás ha sido utilizado por los médicos bolivarenses, posiblemente por lo accidentado de la vida de la planta a la par que por el avance incontenible de la ciencia.


No hay comentarios:

Publicar un comentario