Julio Garmendia, el primer novelista
venezolano que escribió cuentos fantásticos, llegó en su narrativa a imprimirle
tal vitalidad a los cementerios que los muertos podían levantar sus lápidas y
protestar por el abandono y el tráfago inclemente de la ciudad en desarrollo
que perturbaba la eternidad de su sueño. Y es que los cementerios, aunque
abarquen tanta muerte, son cuerpos vivientes, necrópolis al fin donde habita
otra forma de vida, la más cautiva tal vez, pero también la más real e
inevitable.
La muerte para los egipcios, la
civilización más antigua, era una segunda vida que los llevaba para mayor
prevención a proteger el cuerpo de los muertos bajo incorruptibles embalsamamientos
o bajo sólidos y pétreos monumentos como las pirámides de los faraones.
Las civilizaciones más recientes,
siguiendo un tanto esa creencia que históricamente traducen esas pirámides como
sus antecesores los megalitos, concibieron los clásicos cementerios donde
también hay espacio para que el arte funerario se recree en los misterios de la
vida y de la muerte.
Podríamos entonces decir que uno de
esos clásicos cementerios es el de Ciudad Bolívar, construido sobre una loma
colindante con el río cuando todavía el
Libertador cabalgaba por el Sur tratando de asegurar la independencia de
América.
No sólo en el antiguo Egipto como en
otras ciudades las clases sociales se podían distinguir por lo sólido y
monumental de sus tumbas sino también en Venezuela esto era posible,
sobremanera durante el período colonial en que los cuerpos yacentes de los
blancos eran sepultados en los templos y los otros en cualquier sitio fuera de
la ciudad. Así es posible ver en el piso de templos antiguos lápidas de mármol
con letras bajo relieve identificando al fallecido como el lugar y fecha del
suceso infausto y una que otra reflexión escatológica.
El templo activo más antiguo de Guayana
es la Catedral
de Ciudad Bolívar, y no obstante la tradición colonial y al hecho de no existir
un cementerio oficial en forma, en ella no se inhumaron restos que no fueran de
Prelados como fue el caso de Monseñor García Mohedano, segundo Obispo de Guayana,
Monseñor Antonio María Durán, Monseñor Miguel Antonio Mejía, Monseñor Crisanto
Mata Cova, Ventura Cabello (nunca se supo si al fin sus restos fueron
trasladados de la Isla Guacamaya )
y hasta el corazón de Monseñor Bernal mora allí en un nicho, aunque más
reciente.
Según el cronista más denso y coherente que tuvo la
ciudad en el presente siglo, el carupanero Bartolomé Tavera Acosta, el
Cementerio de Angostura, ya en poder de los republicanos, empezó a construirse
en 1824. La provincia de Guyana dependía del poder central de Santa Fe de
Bogotá y era gobernada por el consumado bolivariano José Manuel Olivares, quien
hasta 1828 debió enfrentar levantamientos reflejos de los movimientos
separatistas de la Gran Colombia.
Si Tavera Acosta, historiador bien documentado
afirma en sus “Anales de Guayana” que el Cementerio de Angostura comenzó a
construirse en 1824, ¿Dónde entonces los
angostureños enterraban a sus muertos?
En tiempos de la Colonia , la población
angostureña era relativamente escasa, no llegaba a los 8 mil habitantes y el
índice de mortalidad era muy bajo salvo cuando ocasionalmente se presentaban
epidemias.
Al hablar sobre el fusilamiento del
héroe de Chirica, Tavera Acosta escribe: “El cadáver de Piar fue sepultado en
un sitio denominado El Cardonal, que en ese tiempo servía de cementerio a los
menesterosos. En ese mismo lugar se enterraron al año siguiente (1818) a los
variolosos, y más tarde, en 1855-56
a las víctimas del cólera morbos”.
Los celadores del Cementerio se han ido
trasmitiendo de boca a boca el sitio donde enterraron a las víctimas del cólera
y lo ubica en un área que abarca el Cementerio de Angostura.
El Cementerio ha sido ampliado y
remodelado cuatro veces. En 1848-62 por varias administraciones; en 1923 bajo
la gestión de Pérez Soto; en 1952 bajo el Gobierno de Barceló Vidal y en 1959
el Presidente Municipal Luis Felipe Pérez Flores ordenó la construcción de unos
nichos para ampliar la capacidad en forma vertical toda vez que ya no había más
terreno para continuar ensanchándolo.
Las continuas ampliaciones terminaron
por abarcar en una sola unidad el sitio de El Cardonal donde enterraban a los
menesterosos y muertos por el cólera. Este sitio, según el Celador Pedro
Rebolledo y los sepultureros Agustín Fajardo, Santo Tomás Pérez y Rafael
Sotillo quedó bajo la estructura de concreto armado para los nichos de la parte
noreste. Precisamente esta edificación jamás se utilizó porque sus bases
cedieron debido a las fosas centenarias que allí había y que virtualmente no se
percibían.
Según Tavera Acosta, el Cementerio
comenzó a construirse en 1824, pero existen allí tumbas como la del prócer de la Independencia Manuel
Palacio Fajardo que data en 1819. Entonces es deducible que es ese el mismo
lugar donde se inhumaban los cadáveres en tiempos anteriores que abarcarían los
de la Colonia.
Las cuatro ampliaciones sucesivas a partir de
1824 nos hacen pensar en lo pequeño que fue el Cementerio durante los primeros
decenios de la Ciudad. Tal
vez el mismo tamaño del Cementerio Protestante anexado en 1848, es decir, 100
por 50 varas equivalente a unos 330 metrosd cuadrados. Actualmente todo el
Cementerio abarca con su forma poligonal unos 80 mil metros cuadrados con un
promedio de 20 mil tumbas aproximadamente. Y aún se cree que el Cementerio primigenio
era aún más reducido toda vez que para evitar la asimetría con el anexo de los
protestantes el Gobernador Pedro Muguera decidió ampliarlo.
Mientras el Cementerio angostureño no
se municipalizó dentro de un perímetro amurallado y una Capilla erigida a la Santísima Trinidad ,
no hubo problemas en cuanto a si el cadáver de un anglicano, un calvinista o
luterano podía enterrarse cerca del católico.
El prejuicio religioso de la época
llevó a muchos católicos a temer por un purgatorio más prolongado a causa de la
contaminación por trato, amistad o cercanía con algún seguidor de religión
distinta. De manera que siendo este pueblo católico, apostólico y romano por
herencia, sentimientos y norma constitucional, difícil resultaba tolerar en la Iglesia o el Cementerio a
quien no lo fuera.
Delimitada oficialmente el área del
Cementerio Católico, jamás pudo servirse de él quien no profesara la misma
religión. La Iglesia
no lo permitía. De modo que los cadáveres de los protestantes eran enterrados
fuera de esos muros amalgamados con piedra y barro. Por tan inhumana
discriminación, el 8 de septiembre de 1840 los señores Augusto Federico
Hamilton, Carlos H. Mathison, Juan Bautista Dalla Costa, Hermann Monch; Adolfo
Wuppermann, Alejandro Barman, Teodoro Monch, Guillermo Hood, Enrique Banch,
Herman Watjen y Ernesto Krogh se reunieron en la casa del primero de los
nombrados, para tratar tan serio asunto.
La idea era construir un nuevo
Cementerio a base de contribuciones para inhumar los restos de los no
católicos, en su mayoría británicos, irlandeses, alemanes, lo cual se
materializó ocho años después (1848) con una colecta total de 1.235 pesos y un
terreno de 100 por 50 varas donado por el Concejo Municipal de Heres, contiguo
al Cementerio Católico.
El Cementerio actual tiene más de 180 años, pero
pudiéramos decir que tiene la misma edad de la ciudad porque antes que se
oficializara con muros, rejas y capilla, en el mismo sitio la errática capital
de la provincia comenzó a enterrar sus muertos. Pero desde los años setenta se
acabaron los espacios en su interior para nuevas tumbas aunque muchas son
reutilizadas luego que el tiempo biológico queda reducido a polvo “Post mortem nihil est” y aún cuando no haya un espacio más, el
Cementerio seguirá vivo en el amor de quienes por cualquier vía descienden o
dependen de los muertos; seguirá vivo en el responso y las flores del 2 de
noviembre o del aniversario individual de quienes allí reposan; seguirá vivo
como reliquia arquitectónica pues en toda su estructura es detectable el
material y la técnica de construcción predominantes en el curso de dos siglos,
desde la piedra bruta y el barro pasando por el ladrillo hasta el bloque, la
mampostería y el mármol. En fin, seguirá vivo en sus bien labradas piezas
tumularias, en su estatuaria de cruces, cristos, vírgenes, ángeles, serafines y
los más variados símbolos de la ultimidad, en sus mármoles blancos de Carrara,
en sus mármoles negros de Bélgica y en sus mármoles amarillo de Siena y hasta
en el jaspe y el cuarzo de nuestras canteras.
El neoclasicismo algunas veces añorando
el rococo hasta el arte moderno están
representado allí en muchos monumentos, sepulcros y panteones familiares, sólo
que muy maltratados por el abandono, el monte y las raíces de árboles y
arbustos que germinaron y crecieron allí espontáneamente. El tronco de un
frondoso Matapalo prácticamente quedó incrustado en la tumba alta de Rudolf
Ferdinan Groos fallecido en 1868 y así se puede decir de otras oprimidas por
los tentáculos de un acacia o un guayacán.
Hay monumentos valiosos del siglo
pasado que deberían ser preservados como el de los Dalton en forma piramidal
levantado en 1883; el de María de Von Buren en 1863; el de Alejandro Mantilla
Olivares (1888); el de Luisa Josefa de Alcalá de Aristeguieta (1856); el de
Geni Pérez (1863); Isabel Ballenilla (1850); el de José Lezama; el de Clemencia
Romberg (1882). Hay otros no identificados porque hasta las lápidas han
desaparecido. Recordamos que la lápida de la que fue tumba de Tomás de Heres
fue grabada por el reverso y utilizada en otra tumba. Luego fue rescatada y hoy
está en depósito en el Museo de Ciudad Bolívar.
Los Cementerios son cuerpos vivos
dentro de la dinámica social, mucho más cuando como en el caso del Cementerio
principal de Ciudad Bolívar reúne tantos valores históricos como artísticos,
pero si no se cuidan y se someten a una ordenanza estricta de protección,
conservación y vigilancia terminará hundiéndose en su propia muerte. En este
Cementerio no hay vigilancia nocturna, no hay un orden administrativo
establecido, no hay archivo, no hay guías, carece de una nomenclatura, de
sendas, de veredas, de censo y de una información cabal de valor histórico y
turístico así como un servicio permanente de limpieza, ornamento y jardinería.
Hace poco presuntos drogadictos escalaron los muros y a mandarriazos
destruyeron decenas de tumbas costosas. Esto es doloroso porque ese Cementerio
es un Monumento Público Regional.
El Cementerio principal de la ciudad,
en consideración a siu antigüedad y valor artístico de numerosos panteones
familiares, debería declararse Monumento Público para lo cual la Ordenanza o ley
respectiva, establecerían diagnóstico, trabajos de remodelación, restauración y
rescate de las piezas tumularias afectadas, asimismo para que las intervenciones
individuales se ajusten a ciertas normas de protección y conservación. Esto hay
que hacerlo antes de que como en el cuento fantástico de Garmendia, los muertos
levanten sus lápidas y nos reprochen con severas admoniciones.
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