sábado, 6 de febrero de 2016

EL RÍO DE LAS SIETE ESTELLAS

         Andrés Eloy Blanco lo había prometido (“…te ofrecí venir y en tu camino estoy”)  Seguramente cuando visitó Ciudad Bolívar por primera vez y vio la silueta de la patria reflejada en las aguas del  gran río. 
Entonces venía cargado de gloria por su Canto a España y en Venezuela cada ciudad lo reclamaba para hundirse en él hasta los hombros como él en el mar de Colón y si esta vez fue alta la emoción del bolivarense por la presencia del bardo cumanés, mucho más lo fue en  noviembre de 1927 cuando vino a cumplir lo prometido.
         Fue en esa ocasión y con motivo del primer aniversario del Centro Guayana Lírica, movimiento artístico-literario que presidía el médico y poeta J. M. Agosto Méndez, cuando escribió su canto al “Río de las Siete Estrellas”.
         A la rada del puerto de Angostura llegó el vapor “Delta” a las ocho de la noche del 7 de noviembre de 1927 trayendo en su bordo al poeta, quien fue recibido por una multitud congregada en el Paseo Falcón, encabezada por su paisano el Presidente del Estado, Silverio González; el Secretario General de Gobierno, Antonio María Delgado, y la directiva del centro artístico-literario.
         El poeta fue alojado en el Hotel Cyrnos en medio del alborozo popular y una intensa cohetería iniciada desde que a lo lejos se divisaron las luces del barco de la Venezolana de Navegación. Al siguiente día visitó el Liceo Andrés Bello y por la noche se abrieron las puertas del Teatro Bolívar par la velada artístico-literaria que comenzó con la Obertura de la Caballería Rusticana, de T. Mascagni, ejecutada pro jóvenes músicos de la ciudad. Luego el poeta Andrés Eloy Blanco habló sobre “El mar de la guayanesa” cerrándose la primera parte con la lectura del fragmento del drama “La mujer de la trenza morada”.
         La orquesta típica interpretó en el intermedio el vals Brunilda, luego en la segunda parte, un trío de violín, flauta y piano ejecutó la Serenata de Tite seguida de la escenificación del poema de AEB “El Huerto de la Epopeya” en la que actuaron las señoritas María dolores Guevara (Francia), Teotiste Monserrate (Venezuela), Isabelita Aristeguieta (Colombia), Trina Monserrate (Ecuador), María Luisa Carvajal (Perú), Elena Vautrai (Bolivia), María Liccioni (Dama de la Cruz Roja) y la niña Linda Aristeguieta (Heraldo).
         Poemas dedicados a Andrés Eloy Blanco por los bardos guayaneses Adán Blanco Ledesma, en la voz de la señorita Hortensia Flores; Pedro Cova Fernández, en la voz de la señorita Teotiste Monserrate; F. Guevara Núñez, en la voz de Matilde Ruiz.
         El doctor J. M. Agosto Méndez, a nombre del Centro Guayana Lírica bajo su presidencia, impuso una medalla de oro al distinguido visitante al tiempo que la orquesta irrumpía con “Galopp” en do mayor, de R. Maitra, para concluir la velada con “El Río de las Siete Estrellas” (Canto al Orinoco) en la voz de su propio autor.
         El poeta que recién había cumplido los 31 años inicia su canto al Río Padre con una invocación al Dios de las Aguas antes de emprender el viaje que se ha propuesto hacia la gota de agua. Porque para el poeta el Orinoco “es una gota, apenas, como el ojo de un pájaro” que mira desde la torre más alta de esa Catedral del Ministerio que es la sierra del sur. Esa gota de agua salta y trepa por las piedras, juega al remanso y a la rebeldía, se expande hasta hacerse sentir como gota inagotable aun bajo el más severo estiaje. Inagotable y acaso por ello generoso, ya a través de la espléndida mano del Casiquiare que se extiende hasta el Río Negro o de esa otra, más ancha y generosa, todavía, del Delta que se va a la mar.
         Una gota de agua, que sin embargo, puede abarcar todo el cielo y darle posada a ese viejo zorro dormilón con cara de filósofo que es el caimán, a ese alacrán de orilla que es la raya, a ese bólido entre dos aguas que es el temblador, a ese voraz pez Caribe que marca la distancia más corta entre el río y la muerte, a ese tributario de carne serpenteante que es la boa, a ese abuelo que cuelga de su cola y en fin, a las garzas, eternas novias del río.
         La gota de agua se vuelve impetuosa ola y tormento cuando irrefrenables se desbocan en su órbita como ruedo los siete corceles de la parábola: el Caura, el Guaviare, el Vichada y el Meta, guardianes de sus fuentes; el encabritado Caroní, bucéfalo del continente; el Arauca, Caballo de Troya, y el Apure, Pegaso de los ríos de América.
         La parábola del volcán y las siete estrellas la cuenta una noche el poeta a la hija de un cacique yaruro que cae rendida a sus brazos en un recodo de la gran sabana espigada de gamelotes. Su imaginación se confabula con la de ella tan llena de leyendas cosmogónicas y le cuenta, distanciado de Amalivaca, el origen, existencia y grandeza del Orinoco con una parábola según la cual en la entraña del volcán Parima que era un refugio de estrellas, fueron cayendo una a una de las siete estrellas que signaron como hitos luminosos la órbita de este parto continental de América: el grito de la raza india derrotada por el conquistador de nuevas tierras; la piedad del Evangelio tratando de apaciguar al indio; la naciente república interrumpida en el camino que resistían los vasallos del rey; el día rojo de La Puerta; la antorcha de Angostura alumbrando el sendero de la guerra, Casacoima profetizando el porvenir y Carabobo, estrella de la buena suerte que antes había alumbrado en Chirica.
         Pero ese mismo día de Carabobo la Tiniebla colocó su mano sobre el cráter y el volcán calló para siempre, mientras un diálogo de luces en pugna rompió la placenta del volcán y nació con un vagido extraño y telúrico el caudaloso río de las siete estrellas.
         Luego de esas dos versiones del río, una objetiva y otra fabulada, el poeta se detiene en Angostura que es la silla que utilizó Bolívar para jinetear el rocinante de la libertad emblematizado con una franja azul y siete estrellas en la bandera nacional.
         Al final, llora en la desnudez de su parábola para que su llanto que es lo más íntimo y sagrado de su ser, llanto de una herida nueva, se confunda con el río y a la mar se vaya “y en el mar se espume y suba en la niebla / y en la nube vieja / y en la montaña llueva / y salte en las fuentes y a (sus) aguas torne / y arda en el brasero de (sus) Siete Estrellas”.
         Andrés Eloy Blanco permaneció en Ciudad Bolívar hasta la mañana del domingo 13 de noviembre en que debió abordar de nuevo el Delta que iba de regreso con escala en Puerto España, Trinidad.
         En la vecina isla de los colibríes conoció a Aimée Battistini, de la que se siente atraído y quien en el futuro vivirá en París entregada al quehacer creativo de las artes plásticas tras la éjida del famoso grupo de los disidentes. A la joven bolivarense nacida en El Callao dedica este poema inspirado en su nombre de origen galo:
         “Afortunado nombre entre los nombre bello / ¡nombre como una estrella prendida en los cabellos! / Nombre que tu belleza ciñe como un laurel / nombre para que todos te aman un poco en él / Si no hubiera anidado ya en tu cabeza el cuervo / quizás fuera ese nombre una hija de Nervo / si hubiera sido de oro de otro siglo sería / ventura de una noche y un día / con un galán nervioso que espera tu llegada / para decirte apenas: ¡Cuánto tardaste amada! / Nombre que es la promesa del amor esperado / que esperó hasta la muerte mariana alcanforada / nombre que ha de ser gloria en los besos del hombre / que ha de llamarte amada por algo más del nombre”.
         El poema fechado en Puerto España el 17 de noviembre fue publicado en el diario El Luchador. El mismo vespertino había reseñado el lunes 14 la siguiente reseña del recital de despedida efectuado en el Teatro Bolívar:
         “El sábado en la noche tuvo lugar en el Teatro Bolívar el recital de despedida del ilustre poeta Andrés Eloy Blanco, en cual constituyó otra noche de triunfo para el insigne aeda.
         “Inmenso público se apresuró a ocupar el Teatro para deleitarse con el verso musical y sencillo de este exegeta exquisito de la belleza”.
         “El poeta Blanco es  una fascinación en la escena y visto por los cuatro ángulos de la sensorialidad estética, la subjetividad y la emoción, surge envuelto en un halo de sugestiva simpatía porque él sabe hablar de las cosas del alma sin la frialdad con que lo hacen algunos clásicos del arte.
         “AEB es un gallardo creador del arte en el molde caprichoso y vago del verso moderno que por amplio y eslástico necesita ser manejado por un poeta auténtico  que sienta la emoción  de las cosas y adivine la ley de la armonía en esas mediatintas crepusculares que melancolizan el paisaje y despiertan el palpitar de las ideas.
         “Toda época tiene su arte y es natural que la poesía evolucione de acuerdo con los tiempos que nos van trayendo nuevas invenciones como la electricidad y el cinematógrafo y AEB es en este sentido una cumbre en la renovación que han experimentado las bellas letras en el orden del habla castellana.
         “Todo fue una sola ovación para el poeta, el aplauso nervioso y vibrante en el ámbito del Teatro. Su Canto a América fue soberbiamente celebrado por su notable belleza e impecable musicalidad. El poeta se despidió del público con vibrantes frases de cordialidad y cariño haciendo notar su profunda gratitud por las múltiples atenciones y agasajos de que había sido objeto por parte de la histórica ciudad del legendario Orinoco”.


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