jueves, 7 de enero de 2016

EL CARNAVAL


Quienes se han dedicado y se dedican a la investigación de realidades antropológicas nos ofrecen versiones distintas sobre el origen y nombre del Carnaval:  Sostienen unos que esta fiesta colectiva del mundo occidental nos viene de Grecia y Roma y tiene mucho que ver con los rituales paganos; aseguran otros que el Carnaval se remonta a la época de los Faraones, y los más recientes afirman que nació con la máscara primitiva utilizada para espantar los malos espíritus.

            Nos inclinamos por quienes sostienen que el Carnaval tiene su origen en la máscara primitiva que el hechicero utiliza para espantar a los espíritus malignos aunque el Canaima de nuestros indios es un ser que se disfraza, no para espantar sino para invocar la deidad del mal y satisfacer una venganza.  De todas maneras también es una forma de espantar, de alejar, pero en términos definitivos, no un espíritu irreal sino uno que es de carne y hueso.  La  máscara o careta, aparentemente frágil, tiene ese mágico poder.  Es como el arma que insufla valor a quien la posee y maneja con destreza.  Sin ella, quien sufra debilidades, moriría de miedo.  De allí que Lorenzo Batallán, en un ensayo, haya dicho que el Carnaval es la Fiesta del Miedo o de  la Cobardía, toda vez que sus ingredientes básicos e irremplazables son dos:  el Hombre y  la Máscara.
            El Carnaval es la Fiesta de la Cobardía, - dice Batallán. Se presume que sus protagonistas estarían dispuestos a realizar acciones rigurosamente antípodas a su comportamiento habitual y aún extremas, hasta llegar al crimen incluso, bajo el amparo de algo tan aparentemente frágil como es una máscara que demuestra ser capaz de potenciar hasta la línea roja ese gigantesco dinamo de lo pasional, sentimiento o afectiva.
            De cualquier manera y dentro de esos mismos parámetros, el Carnaval es alegría, alegría extrema durante tres precisos días limitados por la reflexión cristiana del Miércoles de Ceniza, cuando el sacerdote en la Iglesia nos recuerda que polvo somos puesto que del polvo venimos y al polvo regresaremos.  Con máscara o sin máscara.  A partir de esa simbólica cruz de ceniza en la frente, comienza la Cuaresma, la época del recogimiento, la época de la reflexión y la meditación cristianas.  Atrás queda entonces el Carnivale.
            Y así como duda existe con respecto  al origen del Carnaval, también la hay con respecto al origen del nombre.
            Algunos estudiosos dicen que el vocablo Carnaval deriva de la expresión latina Carni Vale (Adiós a la carne).  Afirman otros que proviene de Carnem Lavare (Abstinencia de la carne), expresión convenida para el término de la fiesta y primer día de la Cuaresma.  De igual manera se le atribuye la procedencia de Carrus Navakus, carroza en forma de barco que recorría las calles de la Roma imperial durante tres días de fiesta luego del período de abstinencia, tradición que conservan algunos pueblos islámicos.  También al Carnaval se le dice Carnestolendas que proviene del latín Carnis Tollere que es algo así como la tolerancia a las debilidades del cuerpo, esas que cuando las atenemos estrictamente a los mandamientos religiosos, reprimimos, llevándonos esto, si no somos capaces de sublimarlo, a la condición de neuróticos.
            Cualquiera que sea su origen y la raíz de su nombre, lo cierto es su autenticidad como fiesta popular y su permanencia en el tiempo respondiendo a una continuidad histórica en aquellos pueblos que desde siempre cultivaron y alimentaron con sus aportes.
            Persiste sobremanera en países como Brasil, Niza y Nueva Orleans, donde el Estado ha intervenido para hacer de estas fiestas colectivas un atractivo turístico generador de divisas.  En Venezuela el Carnaval es más libre y espontáneo.  Se juega con agua y en la última mitad del presente siglo ha recibido marcada influencia antillana localizada en la danza, la música y el atuendo.
            El porqué en Guayana y muchos otros lugares de Venezuela jugamos el carnaval con agua, a la cual por exceso se añaden otros ingredientes, posiblemente tenga que ver con las lágrimas de la diosa Isis que desbordaban al Nilo produciendo la alegría de la fertilidad y abundancia.  El Carnaval de Ciudad Bolívar que trascendió en un tiempo por la fastuosidad que le imprimió la economía del balatá y el oro, no siempre fue un Carnaval suntuoso y de fantasía sino que tenía su contraparte en el popular juego con agua y otros elementos nada gratos para la salud del cuerpo.
            Jugar el Carnaval con agua, negro de humo, almagre, almidón, maizina y azulillo, nos viene desde los días del Capitán General de la Provincia de Venezuela, Francisco Cañas y Merino, quien cometió excesos condenados públicamente  por la Iglesia.  Se llegó a decir que lanzó al río Guaire y ultrajó a una muchacha por haberlo embadurnado de azulillo.
            El diplomático ingles en Venezuela, Sir Robert Ker Portes, da cuenta en sus Memorias de un episodio carnavalesco en la Caracas de 1827 en el que se ve al Libertador en plena faena acuática.  El diplomático califica de “barbara” la forma como los caraqueños se desenfrenaban con la llegada del Rey Momo y confiesa que él siempre fue renuente a exponerse a un baño de totuma y jeringa.
            En su libro “Creciente”, el poeta Rafael Pineda dedica una crónica al Carnaval de Ciudad Bolívar, tal vez de la década del treinta que se cree fueron realmente atractivos.  Dice que ha pesar de la prohibición, la gente encopetada de la ciudad, de común acuerdo con la esposa del Presidente del Estado, asaltaba la Casa de Gobierno para dar un buen remojo al Magistrado.  A partir de ese momento y al grito de “Al agua, pato”, se desataban batallas campales de agua, huevo podrido, mango, merey y hasta piedras.  Luego, a partir de las cuatro de la tarde, todo el mudo se enseriaba a  lo largo del Paseo Falcón y de las avenidas principales para ver desfilar las carrozas y comparsas en las cuales nunca dejaban de faltar la clásica burriquita, el Maremare, el Pájaro Guarandol y el Sebucán.
            Esta estampa del Carnaval bolivarense del que nos habla Pineda en su libro “Creciente” se mantuvo casi inalterable hasta la década de los cincuenta.  Luego comenzó a sufrir una metamorfosis degradante subrayada por los excesos derivados del alto consumo de cerveza en los templetes con saldos de raptos, hechos de sangre y la visión al día siguiente de una ciudad sórdida, con las calles asquerosas y llenas de potes.  De manera que el Carnaval de hoy es diferente.  Podríamos decir que los excesos y disparates de las Juntas acabaron con un atractivo turístico de importancia, no obstante la antigua y sana tradición, un lindo Paseo de desfile frente al río más grande de Venezuela e importantes recursos creativos.  Se ha perdido un buen tiempo, ahora bordeado por una crisis económica que aleja toda esperanza de rescate de una tradición que parece haber perdido toda su significación.
            Los Carnavales de Ciudad Bolívar, como nos comentaron en cierta ocasión los profesores universitarios, arquitectos José Rivas Gutiérrez, sociólogo Angel B. Coraspe y antropólogo Alfredo Inaty, han perdido su imagen y su espíritu y lo que hemos venido viendo últimamente no es más que una parodia.
            Según el arquitecto Rivas, los Carnavales de Ciudad Bolívar hasta el año 1957, fueron fiestas donde se ponía de manifiesto el espíritu folklórico y pagano en el marco de una sociedad reprimida por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.  La creación de comparsas costumbrista como el Merey, el Sebucán, el Carite, la Burriquita y otros de género dramático como “La mujer sin alma”, evidenciaban los contenidos anímicos de los autores en su búsqueda de una estimulación colectiva frente a la insoslayable realidad de  la opresión y la pérdida de los derechos fundamentales del hombre.  Hoy, paradójicamente, el Carnaval tiene el significado que le imprime la ideología dominante para atenuar en gran parte los sentimientos de cuestionamiento que alientan los individuos frente a la crisis actual.
            Para Coraspe lo único bueno del Carnaval es que el contagio social que propicia permite liberar tensiones y afianzar la solidaridad humana, pues por lo demás nadie niega que deja una secuela de muchos traumas afectivos.
            Por su parte, Inaty cree que el Carnaval sólo es bueno para el sistema, para los comerciantes, para los artistas y otras personas con severas perturbaciones de la personalidad, pero para la comunidad es negativo, toda vez que lejos de servir para enaltecer valores culturales autóctonos, sólo acarrea una evasión infructuosa y deteriorante, un incremento del sentimiento consumista y una mayor dependencia de los vicios y aberraciones del sistema.  Pero mientras los Carnavales de Ciudad Bolívar han disminuido su calidad en el tiempo reciente, vienen surgiendo los de Ciudad Guayana con impulso prometedor y los del El Callao como herencia antillana de sus pobladores al calor de la explotación aurífera, se convierten en atractivo nacional.  El Carnaval de El Callao está consustanciado con el Calipso y su expresión coreográfica característica, como lo está el vecino carnaval carioca con la samba.  Ambos elementos culturales han penetrado los Carnavales de Ciudad Bolívar, pero sin máscara, la gracia, el espíritu negroide del primero y sin la suntuosa y alucinante fantasía del segundo. Guardando la distancia y las realidades demográficas, ambos Carnavales como tradición cultural vernácula se asemejan.  Brasil tiene los dos elementos básicos del éxito internacional de su Carnaval:  la Samba como ritmo propio y catorce clubes de samba con tres mil miembros cada uno y nada menos que un sambódromo diseñado por Oscar Niemeyer, el mejor arquitecto del país y quien también diseño Brasilia a finales de los años cincuenta.  El Callao igualmente tiene ritmo propio:  el Calipso y una semejanza de los clubes brasileros que son las comparsas.
            Pero el Calypso de El Callao, no obstante ser herencia antillana tiene aportes de la realidad venezolana.  Es un ritmo que se diferencia.  Los materiales del Calipso calloense como en una ocasión nos dijo el doctor en música Leopoldo Billi, tiene como característica el golpe del tambor, diferente al antillano que tiene al steel band.  Predomina además la voz, en cambio que en las Antillas no cantan, es puro instrumento.
            Los instrumentos de Calipso de El Callao son Bumbac, Maracas, Cencerro, Bajo, Guitarra y Rayo.  Una solista y un coro seguido por la gente que danza detrás de las comparsas.  Los disfraces, de reminiscencia o ancestro africano, distingue los Carnavales de las otras fiestas tradicionales del lugar.

            Comparsa popular de El Callao fue desde su fundación en 1956 la de la Negra Isidora.  Poco antes de morir quedó disuelta y sus miembros se disgregaron en otras comparsas, entre ellas, la conocida Renovación  de Chuo; Nueva Onda, de los Hermanos Clark; Creación,  de Miguel Gadlardi; Agricultura, de Jesús Lugo y Protesta, de Ray Rodríguez.  Actualmen destaca The same people.

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