lunes, 11 de enero de 2016

LA BARCA DE ORO



 Alejandro Vargas, autor de estos dos aguinaldos que nunca dejan de sonar por los días de Navidad y Año Nuevo, nació en tiempo de gran crecida y su padre que era artesano no pudo detener con su ingenio de albañil la tempestad encrespada de las aguas; en cambio, retuvo a una mujer que le dio prolongación en la sangre y en el canto.

            El río abrió sus fauces y casi se traga la ciudad entera. La Piedra del Medio quedó totalmente sumergida y el Orocopiche apareció como signo de gloria para el Mocho Hernández.
            El jefe expedicionario Santos Carrera cayó muerto y sobre su derrota se levantó la legalidad de Crespo tan bien asimilada por los yuruarenses erguidos en columna de guerra desde las febriles tierras del oro de Caratal y Cicapara hasta la mera capital angostureña.
            En agosto de 1892 se metió el río y el 13 de noviembre, día de San Diego, nació el hijo de Julia Vargas y del albañil trinitario Luis Baptista, en calle de la Capotera donde nacieron sus otros tre hermanos muertos antes que él.
            En La Capotera o calle Peñalver vivía la longeva y hacendosa Julia Vargas cocinando y lavando para los constructores del dique con el cual el Gobierno pensaba detener las periódicas embestidas del Orinoco por el lado de las Lagunas del  Medio y Los Francos. Allí, entre el canto del manduco utilizando para estregar la ropa y el regusto del típico condumio nació un romance entre el trinitario y la guayanesa, que dio lugar a uno de esos raros ejemplares de la juglaría criolla.        El Dean de la Catedral Monseñor Juan Francisco Avis lo bautizó con el nombre de Alejandro porque según la cuenta de la madre Julia Vargas fue engendrado un 26 de febrero, día de San Alejandro, patriarca de Alejandría. Posteriormente Monseñor Antonio María Durán lo confirmó y así el negrito del barrio La Capotera quedó libre del pecado original.
            En agosto de 1943 cuando el  Orinoco volvió a rebasar sus fronteras, no quedó Capotera para nadie y muy cerca del  Convento de San Francisco y del barrio Los Culíes, donde los negros mezclados con los hindúes habían formado una especie de ghetto de hermandad y solidaridad bien pigmentado, fueron a parar los damnificados, entre ellos la familia Vargas. Ya para la fecha Luis Baptista estaba muerto y Julia Vargas se había quedado lidiando con su muchachada hasta la avanzada edad de 103 años.
Desde muy temprana edad Alejandro incursionó en la pesquería, especialmente en la temporada de agosto cuando al terminar la crecida del Orinoco, la ribazón de zapoaras, coporos y bocachicos deparaba buen sustento. Este oficio casi natural de la gente que vive en las adyacencias del río lo alternaba con el de pintor de brocha gorda y cuando no con el de vendedor de frutos y chinchorros de moriche. De esas vivencias parte su guasa “La Zapoara” compuesta en 1947, superada apenas en trascendencia por el merengue de Francisco Carreño.
            Lo de músico nunca supo por donde le venía y con los serenateros de su tiempo aprendió a combinar con estilo y ritmo propios los sonidos  de la guitarra, aprovechando su excelente voz de tenor que muchos llegaron a comparar con la del mexicano Mario Vargas.
            Era un autodidacta de la música, la composición y el canto. No tuvo maestros y lo que aprendió lo debía al buen oído, a su  habilidad y constancia. Llegó a convertirse en la vedette de las serenatas y por esa vía conoció a mucha gente importante y pudo actuar con soltura en clubes y círculos sociales. Tan bueno cantaba que cuando se le desfiguró la voz a causa de una lesión en la garganta, los supersticiosos y fatalistas lo atribuyeron a un maleficio y esto para tormento suyo se lo confirmaría después el curandero Benjamín Branche que en la ciudad era tan famoso como Yaguarin el de La Canoa, y a donde lo llevó su hijo mayor Trino para salir de las dudas.
            El curandero le pronosticó que el día tal a la hora cual se le desprendería la campanilla, vale decir la úvula o galillo de la garganta, y así ocurrió: el apéndice úvular que cuelga del velo palatino y con el cual articulaba los sonidos se le desprendió. Lo conservó por mucho tiempo en un frasco de alcohol, pero un mal día desapareció, se lo hurtaron al igual que su guitarra color caoba oscura, la cual conservaba el tercero de sus cinco hijos, vale decir, Mario, en humilde casa  de la calle Carabobo. Mario Vargas, quien ejecuta cinco instrumentos es el heredero nato de las cualidades artísticas de su padre.
            Tocaba la guitarra y a veces el cuatro. Con ella iba a todas partes y con el resto de voz que le quedaba continuó su vida de cantor popular rendido a la bohemia y sin importarle el lugar y la distancia.  Por ejemplo, su popular aguinaldo “La Barca de Oro”, lo compuso a la orilla del río lejos de la ciudad.
La Barca de  Oro de Alejandro Vargas era una añeja y húmeda curiara de las más pobres y trajinadas.
            De tanto fondear a quilla limpia sobre la arena y encallar entre los invisibles arrecifes del Orinoco, se le había averiado el casco de tal forma que su dueño no podía carenarla sino con retazos de enaguas y camisa vieja.
            Las curiaras indias son labradas a fuego lento controlado para navegar el río a canalete, con palanca o a la sirga. Pero aquella pobre curiara de Alejandro Vargas y su compinche El Catire Carvajal que vivía en Perro Seco a la orilla del Orinoco, tenía vela como uno de esos barcos surtos en el Puerto de Ciudad Bolívar que tanto lo impresionaba, y a bordo de ella solían ir a los caseríos ribereños, el uno con su cuatro y el otro con su guitarra, a “matar tigre” o, en lenguaje más práctico, a “buscar la vida”.
            Un 24 de diciembre  navegaban de regreso remontando el Orinoco a tiro de pasar Navidad en la capital bolivarense, pero el río estaba encrespado y la curiara, debido a filtraciones, tenía que ser achicada sin cesar.
            Tras navegar bajo intenso sol desde Puerto de Tablas y luego con la noche haciendo más difícil la navegación, decidieron atracar en un lugar de donde la brisa traía voces y se veían luces. Era Palmarito, a escasa distancia de Ciudad Bolívar y a punto de Noche Buena de Navidad.
            Cortado el frío con un buen trago de bucare, Alejandro Vargas, desenfundó del impermeable su guitarra; otro tanto hizo Carvajal con su cuatro y, al poner ambos pies en tierra, el Negro improvisó este aguinaldo que perdura con la misma intensidad de Casta Paloma en el alma popular bolivarense: “La barca de oro / el timón de plata / la quilla de acero / las velas de nácar / Hasta aquí llegamos / ya fondeó la barca / y a los pescadores / esta serenata.”
Alejandro Vargas solía recrearse infatigablemente en sus propias melodías y le imprimía nuevo acento a las de otros compositores que tuviesen valor popular.
            Para ello no disponía de otros recursos que su inseparable guitarra, su sensibilidad de poeta nativista y peculiar voz de junglar. Por ello era único en ese ir y venir por la ciudad, animando el llamado entusiasta de quienes querían tenerlo de compañero durante la fiesta familiar, la farra de ocasión o la parranda serenatera.
            Tenía soltura para la composición y la improvisación, especialmente cuando sentía admiración por alguna persona o acusaba el impacto de algún acontecimiento. Fue autor de innumerables valses, pasajes, joropos, guasas y aguinaldos de arraigada tradición en el repertorio de comparsas y parrandas de la región.
            El vals “Margarita”, que compuso para la novia de Felipe Maita, amigo suyo, es trozo nunca dejado de lado en los convites musicales. Igualmente el joropo “Guacharaca”. “Elenita Morales” fue una de sus últimas composiciones. Se trata de un vals dedicado a Elena I, reina del carnaval en 1964. Virtualmente, los aguinaldos “Casta Paloma” y “La Barca de Oro” son hoy por hoy las composiciones trascendentes de este insigne juglar guayanés.
            Estaba siempre el  Negro Alejandro Vargas donde la alegría hacía falta aún cuando sus canciones algunas veces fueran tristes. Era único con su voz y su guitarra y durante las fiestas tradicionales resplandecía su ingenio de artista popular en las típicas comparsas de Año Nuevo, reminiscencia india de culto a los animales como la Burriquita, el Sapo o el pájaro Piapoco, en las que lo seguían con inquebrantable devoción Rafaela Martínez, Chichi Arias, Emenegilda Flores, las hermanas María, Matilde y Julia Farfán, los hermanos Pantoja, los hermanos Tabare y la Negra Pura, bailadora de la burriquita.
            Tanto las comparsas como las parrandas recorrían la ciudad cantando aguinaldos de casa en casa en la época decembrina, y bailando los animales o tejiendo el sebucán.
            Por espacio de medio siglo hasta que le llegó la muerte el 16 de marzo de 1968, estuvo Alejandro Vargas cantándole a Ciudad Bolívar, a su fauna, a su gente y a sus valores tradicionales y culturales. Desde entonces podríamos decir que comienza a languidecer en la ciudad angostureña la novedad del buen aguinaldo y las comparsas. De vez en cuando como después “Corre Caballito” prende un buen  aguinaldo en la alma popular.
       “Corre Caballito” es un aguinaldo introducido en los años sesenta por el entonces Padre Constantino Maradei Donato, luego de escucharlo por primera vez a las monjas de Caicara del Orinoco.
            Alejandro Vargas es autor de otros veinticinco  aguinaldos, entre ellos, “Conferencia” (De noche le dice / el Sol a la Luna / que Ciudad  Bolívar / Tiene una fortuna / Todas sus mujeres / preciosas y bellas / por eso aplaudieron / todas las estrellas); “Que Luna tan  Bella” (Que Luna tan bella / está con nosotros / se torna de plata / el ancho Orinoco / se mueven las aguas / al pasar los peces / vuelan las gaviotas / y luego amanece);  “Misterioso  Caroni” (Hay un gran misterio / en el  Caroni / Nadie se imagina / lo que pasa allí / que han visto una nave / en un Viernes Santo / que atraviesa el río / con música y canto / y dice la gente / y la gente dice / que es en Caroni); “Palomita Blanca” (Palomita Blanca / que emprendes el vuelo / que no existía dengue / para el Año Nuevo / un milagro de oro a Dios ofrecí / con tal que la gripe / se vaya de aquí).
            Alejandro Vargas, producto de una mezcla decantada con el tiempo del negro africano con el amerindio, no tuvo más escuelas y disciplina que su pobreza distraída en un medio por donde podía andar sin tropiezos gracias a su alma sensitiva  de bohemio y rapsoda.
            Durante casi toda su existencia septuagenaria no pasó de estos contornos de ríos y de selva y ya en los últimos meses de su existencia fue cuando por ese puente mágico y eventual del extinto Quinteto Contrapunto, trascendió a lo nacional con el aguinaldo “Casta Paloma” y “La Barca de Oro” que más tarde terminó popularizando el conjunto  “Serenata Guayanesa”.
            En la divulgación de sus composiciones, después de su muerte, también contribuyó el Inciba editando un Long play antológico de sus mejores piezas. El Negro Alejandro Vargas murió estrangulado por la artritis que lentamente terminó de apagar su voz y el rasgueo de su guitarra. Se había pasado la vida en comparsas y parrandas, ofreciendo serenatas y “cantando aguinaldos”, pero desde el primer percance que le malogró la voz, abrigaba sutil temor por la soledad y la muerte:

                        Cuando  yo muera
                        quién me irá a llorar?
                        Sólo las campanas
                        de la Catedral. 


            Por eso, haciendo un esfuerzo bastidano, estuvo hasta el último momento cantando y no sólo las campanas de la Catedral, sino también las de otras iglesias de la ciudad, lo lloraron  así como una compacta multitud de dos mil personas cortejándolo hasta su tumba al canto de “Casta Paloma”. Bien se recuerda el día de su nacimiento aquel de su muerte. Sobre el ataúd, como bandera terciada, iba su guitarra. La misma recientemente desaparecida de su casa antes de que pudiera resucitar la voz de su amo diciéndole como el poema beckeriano: “levántate y anda”.  

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