viernes, 1 de enero de 2016

LA NAVIDAD


La Natividad es una fiesta que es de siempre  y su suerte de eternidad se la imprime su bello y hermoso simbolismo. Imposible concebir, de la conciencia universal, el desarraigo de esta fiesta aniversaria del nacimiento de Jesús, toda vez que la misma simboliza también el nacimiento de la comunidad cristiana. Sin embargo, hay en la vida de los pueblos tradiciones y costumbres que se pierden o sufren cambios.  La Fiesta de la Natividad en Guayana es una de ellas.

En torno a esta fiesta de Navidad han surgido a través de los tiempos diversidad de costumbres y tradiciones alrededor de su símbolo central el Arbolito o el Pesebre y de una voluminosa figura animada y señorial, de luengas barbas blancas, vestida de púrpura y armiño, plenamente identificada con los niños y que se dobla bajo un inmenso costal.
En los pueblos latinos los cristianos católicos dan primacía simbólica al Nacimiento o Pesebre que la sociedad industrial, tan adicta al snobismo y a las cosas fatuas, ha venido exitosamente reemplazando con el Arbolito o Pino de la Navidad que se complementa muy bien en los países fríos con la figura de San Nicolás o Santa Claus.
            Siendo la capital de la Provincia de Guayana un pueblo de hechura latina, difícilmente podía escapar al simbolismo católico de la escenificación del Nacimiento en el solsticio de invierno ni de otras costumbres y tradiciones de origen hispano.  Pero a medida que el proceso colonizador  se fue despejando y se hizo más activa la autodeterminación, el pueblo  le imprimió características de su propia idiosincrasia a los valores culturales tradicionales y se hizo más sensible o abierto a otros valores foráneos.
Ello explica cómo ahora en Ciudad Bolívar la primacía del Nacimiento o Pesebre ha sido desplazada por el Arbolito, y la llegada de los generosos Reyes Magos por la figura única de San Nicolás y de la misma forma, costumbres y tradiciones se han diluido en la transición de una sociedad a otra o simplemente han sufrido variaciones  impuestas por los nuevos modelos de vida de la sociedad industrial contemporánea.
            El Belén, Nacimiento o Pesebre era toda una escenificación tradicional, pero en cada iglesia, en cada hogar o plaza, con las inventivas propias de quienes lo asumían.  Cuando se acercaba la Nochebuena, los bolivarenses iban a los Morichales o más allá  a cortar ramas y malojos, a recoger la arena y las piedritas para unirlos luego a las pequeñas imágenes de la sagrada familia, pastores, Reyes Magos, animales del pesebre y otros recursos con los cuales en sitio accesible y visiblemente apropiado trataban de reconstruir el paisaje donde nació Jesús.
El Nacimiento principal era el de la Catedral del cual se ocupaban miembros de la legión de María.  Ante él se cantaban de madrugada los villancicos y en el hogar y sitios profanos los parranderos o conjuntos familiares improvisaban aguinaldos, de los cuales muchos trascendieron como "La Casta Paloma" del juglar Alejandro Vargas.
En la actualidad el aguinaldo ha sido prácticamente aplastado por el auge de la gaita zuliana, a la cual la radio y la televisión como la discomanía le han dado pábulo dentro de una desbordada euforia que ha colocado a la Iglesia católica en el dilema de resistirla o tolerarla dentro del templo al igual que con el tiempo  ha venido dando cabida al aguinaldo profano al lado del villancico.
            Lo cierto es que trovadores y parrandas tradicionales de aguinaldos no se ven como se vieron hasta la mitad del presente siglo por las calles altas y bajas  de la ciudad orinoquense. Asimismo ha perdido devoción y fuerza la costumbre de levantarse de madrugada para ir a misa de cuatro entre el 16 y 25 de diciembre; a la misa dedicada a gremios e instituciones, lo cual era todo un acontecimiento tejido de la más pura y desbordada alegría.
La población citadina vibraba al ritmo de las parrandas y, bajo el atronador despertador de cohetes y patinadores deslizándose cuesta abajo del peñón angostureño, iba a la misa de cuatro y luego la juventud se sumaba a las parrandas para contagiarse con los viejos y nuevos aguinaldos de Alejandro Vargas, Bambalá,  Agapito Blanco, el viejo Tomedes y tantos otros largo de mencionar.
Pero de todas las misas aguinalderas que van del 16 de diciembre hasta la del Gallo o nochebuena del 24, la más animada solía ser la de los Caleteros, obreros de ancheta que trabajaban noche y día cargando o descargando barcos de la Real Holandesa o de la Venezolana de Navegación atracados en riberas y muelles de la ciudad.
Los caleteros, hombres sudorosos, descamisados,  de pantalones arremangados  - así se veían en muelles y riberas -  formaban  como una clase aparte, pero eran los que mejor sabor popular daban a la misa, la cual no se oficiaba en la Catedral sino en la Iglesia Santa Ana que reventaba  de pueblo hasta el puerto de las chalanas.
Los marinos de los barcos pequeños hacían sonar sus guaruras y en los barcos de mayor calado resonaban los pitos de vapor.  Repicaban las campanas, tronaba la cohetería, estallaban sin cesar tumbarranchos, triquitraques, saltapericos y la noche parecía florecer con intensa luz de bengalas  desde la calle El Poder hasta el Mercado Municipal de Castillito.
Esta misa de los caleteros era generalmente la penúltima de la Natividad y terminaba  en suerte de competencia imponiándose a las demás por su contagioso derroche de entusiasmo y cohetería.
Los preparativos para la fiesta de Navidad y Año Nuevo comenzaban, como ahora, antes de diciembre y su animación se fue acrecentando con los programas navideños de las emisoras a partir de la década del cuarenta.  En los  cuarenta todavía muy poco conocía el bolivarense los símbolos anglosajones de la Navidad. Estos penetraron por la brecha de la explotación del petróleo y del hierro.  Prevalecía bajo todo su esplendor religioso el símbolo sanfranciscano del Nacimiento y los parranderos iban de pesebre en pesebre cantando los aguinaldos del año y cada familia agradecida
retribuía la visita con Amorcito o Ron ponsigué preparado en casa o la propia hallaca acompañada del exquisito jamón Ferry importado.
El Jamón Ferry, a bordo de los barcos de la Real Holandesa, llegaban en grandes cantidades listos para ser preparados en ollas especiales, con papelón y piña, planchados y aromados con clavos de especia.  Los miembros más solícitos de la familia guayanesa hacían coro en función de los preparativos navideños y en la ciudad había madamas especializadas en el arte de cocinar y poner en su punto a ese pernil curado e insaculado venido de ultramar.  Popular era la Negra Berta, cocinera de la maestra Nieves Martínez, muy solicitada por las familias angostureñas porque realmente era una experta en el arte de hacer de la pierna de jamón importado un exquisito condumio de pascua y año nuevo.
            No todo era importado.  También en casa se preparaban bebidas típicas y agradables como el "Amorcito", especie de cóctel con poco ron, jugo, granadina, jarabe de goma, almendras y otros ingredientes que degustaban con fricción muchachas y señoras al igual que el ponche crema o leche de burra, mientras que el roncito con ponsigué curtido en garrafas, era la delicia de los hombres que venían del campo.
La hallaca, el plato mestizo por excelencia de la Navidad y el que mejor sintetiza la cultura hispanoindia, era objeto de un bellísimo ritual que comprometía a casi todos los miembros del núcleo familiar en la tarea de ir al mercado, escoger los frutos, sancochar el maíz dos días antes, molerlo, amasarlo con onoto y manteca de cochino, formar las bolitas, preparar las hojas de plátano, seleccionar las que eran de tender y las de envolver, preparar el guiso, las rodajas de huevo, las aceitunas y alcaparras que cada quien iba por turno colocando sobre la masa tendida hasta quedar confeccionada la hallaca.  Luego venía la cocción, el degustar y el intercambio entre vecinos y amistades en una sutil suerte de competencia para discutir al final, entre gustos y maneras, cuál y de quién la mejor.
Parte de esa gran magia de la Navidad era el rapto del Niño Jesús que en la nochebuena  de Pascua la familia colocaba en el pesebre.

Entre el 25 de diciembre y el día primero del Nuevo Año, un día cualquiera, desaparecía del Nacimiento la representación del Niño y la gente de la casa, al darse cuenta, continuaba el juego tratando de dar con la supuesta familia autora del ingenuo rapto.  Al fin, alguien daba la pista con cierto dejo de complicidad, pero aquello no era más que un pretexto para provocar ruidosas visitas a la familia raptora y poner la gran fiesta.  De esta gracia tan pintoresca de la Navidad bolivarense muy poca gente se recuerda, como tampoco del Amorcito, del familiar ritual de las hallacas, del Belén ni de la fabulosa misa de cuatro de los caleteros.  Lo más puro y telúrico de la Navidad nuestra se ha perdido.  Estamos hoy en otra Navidad porque aquella de nuestros abuelos se ha ido y ya no vuelve. De todas maneras, Navidad es Navidad.

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