jueves, 28 de enero de 2016

GUASINERO DEL TERCER LOTE

César Octavio Rojas

Cesar Augusto Octavio Rojas, guasinero del tercer y último lote de presos políticos que la dictadura de los años cincuenta arrojó en la desértica y aluvional isla deltana, cuenta su historia que podría ser la misma historia de los que como él y desde el Palenque gomecista, estuvieron en campos de prisioneros políticos, pero con su sello muy particular.


         Este hombre con tres nombres de emperadores romanos pudo no estar contándola, pero ya vemos que sobrevive porque en su oportunidad sobrevivió a las crueldades implantadas en las inhóspitas islas de Guasima y Sacupana, al exilio mexicano, al hacinamiento de las Cárceles de Ciudad Bolívar y Pro Patria, a los choques guerrilleros de los 60 y a las naturales vicisitudes de la existencia humana.    Cesar Augusto, con su mujer Lupita que se trajo del exilio, vivía atendiendo a forasteros en un sitio del crucero llamado “La  Casona” y en sus ratos libres, que son escasos, escribía en su vieja máquina portátil la historia de él y de los otros, los del tercer lote.
         Todo comenzó un día de 1952 en la parroquia San Juan cuando el rojo de la pintura sobre los muros caraqueños parecía ser el único grito de rabia contra los usurpadores de los derechos democráticos de la nación. O tal vez antes, en 1949, cuando derrocaron a Rómulo Gallegos o acaso en 1945 cuando los mismos cabecillas Carlos Delgado Chalbaud, Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Lloverá Paez (guayanés) derrocaron a  Isaias Medina Angarita.
         Lo cierto es que desde 1949 a 1952 cuando los graffitti  explotaron como bombas antes los ojos de los sabuesos  de la Seguridad Nacional, habían ocurrido hechos políticos relevantes como la trágica muerte de Carlos Delgado Chalbaud, el establecimiento de un sistema de represión política feroz, el asesinato del Secretario General de AD en la clandestinidad Leonardo Ruiz Pineda, elecciones para asamblea constituyente sin participación de AD y PCV como partidos y la conversión de Guasina y Sacapanma en campos de concentración de prisioneros políticos. Más de 400 presos políticos habían en 1952 cuando se preparaba entre Valencia y Caracas el tercer lote integrado por aquellos que se negaron a firmar cauciones en las que se comprometerían a no participar en política.
         Cuenta nuestro entrevistado que siendo joven militante del PCV y con motivo del Primero de Mayo, Día Internacional del Trabajador, se hallaba rayando de consignas los muros caraqueños de San José, San Juan y Palos  Grandes cuando fue sorprendido y llevado por tres días a los calabozos del Obispo junto con Luis Navarrete Orta y Angel Raúl Guevara. Luego los pasaron para el Comando de la Seguridad Nacional donde para ablandarlos los recibieron a plan de peinillas y de allí por tres meses a la Cárcel Modelo de Pro- Patria, atestada de presos políticos, entre ellos, Leopoldo Sucre Figarella y sus hermanos Kiko y Guillermo; Antonio Lauro, Manuel Adrianza, Antonio Estevez y Guillermo García  Ponce. Cesar tendría unos 25 años, casi la misma edad de estos hombres que luego con el correr del tiempo destacarían como ministros, embajadores, escritores, compositores y políticos. Qué iba imaginarse él, por ejemplo, que aquel joven huraño y hermético llamado Leopoldo, que pasaba todo el día leyendo, llegaría a ser el hombre fuerte de Guayana. Lo que si entrevía era el porvenir como músicos y compositores de Lauro y Estevez, pues ambos formaron un orfeón  con los presos donde César se descubrió  como barítono igual que Carlos Gardel. El grupo polifónico comenzó por parodiar a “María Moñito”. Después le entraron de lleno a los sonidos protestatarios.
“Si Pedro Estrada muriera / todo el mundo se alegrara / por lo menos los espías / los cabellos se arrancaran ///  Con la alpargata / dale al cabrón / vuélvelo polvo / sin compasión/.
         El 24 de julio, fecha natalicia del  Libertador, la Junta Militar de Gobierno ofrecía la Libertad a aquellos presos que se comprometían bajo caución y ante la Sección respectiva de la SN a no mezclarse en asuntos políticos, no ausentarse de la Ciudad  sin autorización previa y presentarse a control político una vez a la semana hasta llegar el país a la constitucionalidad.  Fue así, por esa caución, que el 24 de julio de 1952 salió de la Cárcel Modelo de Pro- Patria un centenar de presos excepto, los que como Luis Nazarrette, Faustino Rodríguez Bauza, Luis Pérez Lugo y Cesar Octavio Rojas se negaron a firmarla. A los rebeldes  los aguardaba Guasina y a Guasina fueron a tener en un tercer lote de 136 presos de Caracas, Valencia y otras Cárceles del país. Salieron ese mismo mes de julio en autobuses del Ministerio de Educación, rodando de noche por la vieja carretera de La Guaira en cuya rada los aguardaban las oscuras  y sórdidas bodegas del vapor Guayana cargado de materiales de construcción y custodiado por Guardias Nacionales y agentes de la Seguridad Nacional. La navegación fue rápida, algo más de 24 horas, escaseando el agua y la comida bajo la presión de  un calor infernal y con un solo sanitario en cubierta, al cual había que subir uno a uno apuntado por ametralladoras. Las 24 horas, sin embargo, parecían tener la carga opresora de un siglo que terminó por aplastar al más débil, a Luis Vergolla, de 35 años, que gritaba interminable: “No quiero ir a Guasina, no quiero ir a Guasina, no quiero ir a Guasina”.
         En Guasina, a pocos más de 100 kilómetros de Ciudad Guayana, había existido una hacienda de cacao y luego en ella eran retenidos los indocumentados venidos de otros países. A fines de 1951 no sabemos a que genio tenebroso se le ocurrió sugerirla como escarnio con una connotación de campo nazi que sirviera de drenaje a las cárceles de Caracas,  Valencia,  Barcelona, Cumaná y Carúpano atestadas de presos políticos. Lo cierto fue que la isla trascendió y se conoció en el mundo democrático y su nombre en forma de reclamo airado resonó muchas veces en el seno de la Organización de Estados Americanos. Había allí 444 detenidos políticos cuando arribó el Tercer Lote y Cesar Octavio la conceptuó como “un lugar de marañas y bejucos abrazándolo todo”.
         Desde  3 de noviembre  de 1951 que llegó el primer lote de presos políticos la desértica isla de Río Grande comenzó a tener vida, pero qué vida, vida de perro. Al borde de una gabarra que servía de asiento a 40 guardias nacionales y diez efectivos de la SN  y en un área de 200 metros cuadrados cercada con alambre  de púas, sórdidas barracas para más de 400 presos sometidos a trabajos forzados y a otras humillaciones y vejámenes imposibles de borrar de la mente de quienes las padecieron.
         En Agosto de 1952 las crecidas aguas del Orinoco inundaron casi toda la aluvional isla de Guasina y comenzaron a poner en libertad a los presos más  antiguos y los otros, ya con el agua en los tobillos, los trasladaron al caserío de Sacupana ubicado al sur de la isla. Allí continuaron las vicisitudes agravadas con el tifus y la disentería que causaron la muerte de Cosme Damián Peña, Rafael Mamero Chacón y el coronel Roberto Fossi, pues no sólo políticos militantes estaban allí secuestrados sino también militantes como el Teniente Raúl Oviedo, Cronista de Las Fuerzas Armadas Nacionales. Mientras permaneció allí respetaron su jerarquía,  especialmente cuando lo obligaron a que se afeitara. “Quién dio la orden”, preguntó al Distinguido y éste respondió. “Mi Teniente Quiroz”.
         Pues bien, dígale a su Teniente Quiroz que me venga a afeitar él.
         Por supuesto, las cosas no pasaron de allí; sin embargo no ocurrió lo mismo con el resto de los presos que se habían dejado crecer la barba y cuando uno de ellos se quejó que no tenía hojilla, el distinguido Montes ripostó:
         -Yo no se.... En la Cueva del Humo debe haber. Si no la consigues, tienes que afeitarte de todos modos, así sea con un culo de botella.

         A medida que se aproximaba la fecha de las elecciones y ante la presión nacional e internacional, la Junta  Militar iba cediendo a favor de la libertad de los presos políticos, pero sólo a aquellos que firmaban la caución. Los funcionarios civiles que administraban el campo de concentración eran Juan Manuel Payares y Alfredo Martínez. Este último, el encargado de seleccionar y convencer a quienes por tiempo y comportamiento merecían estar en libertad, pero después de la usurpación del triunfo electoral del 7 de diciembre obtenido por URD y la proclamación del General Marcos Pérez Jiménez como “Presidente Constitucional” Martínez ordenó a 198 presos que quedaban, formar fila y pidió a quienes estaban dispuestos a firmar la caución que dieran un pasó al frente. Todos, menos José Martínez Pozo, Martín Horacio Girón, Luis Nazarrete Orta, Ángel Raúl Guevara, Faustino Rodríguez Bauza, Lino Pérez Loyo, Ángel Salazar, Rafael Villareal, Elio Grippa Acuña, Gregorio Tirado Bravo, José Vicente Iro, Alí Terán, Pedro Elías Rodríguez, Juan Arenas, José Guilarte Juan Bautista Lugo, Ramón Escalona, Gustavo Villa Paredes, Eliseo Rodríguez Dellar y Cesar Octavio Rojas. Estos veinte debían quedar en Sacupana y los presos restantes transportados antes de Navidad en el vapor “Guayana” a la Cárcel de Vista Hermosa en Ciudad Bolívar, recién inaugurada para desocupar la vieja Cárcel Colonial en pleno corazón de la ciudad, entre el Paseo  Orinoco y la calle Igualdad. Pero el día 21, fecha fijada para el traslado, los 178 presos amenazaron con amotinarse si no agregaban al grupo los 20 rebeldes. Los carceleros accedieron deseosos ellos también de abandonar el lugar. Se embarcaron todos, Guasina y Sacupana fueron clausuradas y el 23 de diciembre por la tarde el vapor Guayana estaba surto en el Puerto de Ciudad Bolívar aguardando la noche para atracar en los muelles de la Capitanía de Puerto. Desde la Cárcel de Vista Hermosa, graneados le fueron dando la libertad y a los considerados de temer, entre ellos, José Martín Pozo, José de los Santos Gómez, Alberto Nieves, José Marcano Rodríguez y Cesar Octavio Rojas, permanecieron hasta el 22 de diciembre de 1955 que fueron expulsados a México a través de la  Isla de Cuba. Allí permanecieron hasta la caída del dictador en enero de 1958 que volvieron a Venezuela para incursionar en la vida democrática, breve tiempo, pues a poco se desató la guerra  de guerrillas contra el gobierno constitucional de Rómulo Betancourt, donde se vio envuelta la gente de izquierda de AD- MIR y del PCV, entre quienes estaba nuestro entrevistado Cesar Octavio Rojas. Este se deshizo temprano de la situación dado que su contacto, Gregorio Mendoza, se lanzó  o lo lanzaron desde el último piso del edificio de la Digepol en la California. Un amigo upatense se lo trajo a Guayana para trabajar en las Minas del Merey y desde entonces se quedó guayanés este barcelonés con su mexicana esposa Lupita Cárdenas y tres hijas. Desde los 60 se olvidó de la política y subsistió a fuerza de trabajar muy duro él y su mujer, ya como empírico boticario, profesor de inglés, agente de turismo y como posadero en el Crucero de San Francisco de la Paragua, cerca de los silos CVG, en donde le fue relativamente bien, sin quejarse, no obstante una incipiente sordera que le impidía oír los ruidos de una Venezuela que ya ha olvidado a esa Guasina y Sacupana.

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